La ciudad y los días

Carlos Colón

Parábola sevillana

EL grano de mostaza: la confitería Santa Catalina, chiquita, familiar, no estropeada por los cambios, dulces de tardes de domingo en torno a la mesa camilla sobre la que cae una luz baja mientras por detrás de la ventana muere despacio la tarde; huesos de santos, pestiños, roscos, torrijas: el sabor de los días.

El grano de mostaza: el Rinconcillo, viendo caer imperios desde 1670, en las mismas manos -siete generaciones- desde 1860, poesías maceradas en vivo tinto y escritas en manteles de papel por aquel que dijo lo de "Reinas habrá…"; defendido de quienes dejaron y dejan morir a Sevilla -calle a calle, plaza a plaza, casa a casa, comercio a comercio- por la más sevillana milicia de coroneles y soldaditos de pavía.

El grano de mostaza: la iglesia -tan grande, tan chica- de Santa Catalina, isla mudéjar con palmera islámica, grutas barrocas, pequeña cúpula como formada por conchas y corales, portada naufraga traída desde Santa Lucía por las tormentas y las corrientes de la historia.

El grano de mostaza: el Sagrario de Santa Catalina, gruta barroca, garrapiñada rococó, San Luis de los Franceses hecho en miniatura -como jugando a multiplicar espacios y engañar percepciones- por las mismas manos de Leonardo de Figueroa; aleteo de ángeles, rezo de santos, llanto de mártires y silencio abismal de Inmaculada labrados por Fernández del Castillo y su sobrino Benito que -Gerona arriba, Gerona abajo- dejó huella de su genio de Santa Catalina a San Juan de la Palma.

El grano de mostaza: la hermandad de la Exaltación, asombro de cómo tan pocos que antes fueron tantos y tan poderosos soportan tanta belleza heredada, y la guardan celosamente, y la restauran, y le dan vida con sus cultos y devociones; singularidad de ángeles pasionistas y relieves de Roldán entre columnas salomónicas, de esquinas de ángeles y platillos de cristal; gloria del palio que funde los genios de Ojeda, Álvarez Udell y Olmo; mérito de la restauración de tan rico patrimonio a lo largo de la última década (admiren los resultados -hasta el próximo domingo- en el Círculo Mercantil).

Cuando la vulgaridad sustituye antiguas elegancias, cuando parece que manda el número y no la excelencia, cuando se diría que a veces se celebra más al Rey Momo que al Rey de Reyes, comprendemos que el reino de los cielos de nuestra Semana Santa es como el grano de mostaza que, sembrado en la tierra de Santa Catalina, dio el árbol fastuoso de la hermandad de la Exaltación: raíces de devoción, tronco de fidelidad a Dios y a Sevilla, ramas de panes de oro y hojas con nervaduras de hilos de oro sobre tisú azul grisáceo.

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