Fernando Díaz del Olmo

Catedrático de la US y Académico Correspondiente de la RAC

Paulina Crusat, Bloomsbury en Sevilla

Autora de culto, su olvido empobrece el núcleo literario de la Sevilla de los cincuenta

Leí por primera vez el nombre de Paulina Crusat (1900-1981) en 1973, en las Conversaciones con Manuel Halcón de Ruiz-Copete. Prendado como estaba del mundo simbólico de Manuela (1971), me intrigó que las obras completas del maestro estuvieran prologadas por una desconocida para mí Paulina. Años más tarde, por segunda vez, supe de ella por Julio Manuel de la Rosa (1935-2018) quien contaba que la reconoció a través de Julia Uceda. Casi al final de La narrativa. Apuntes sobre novelistas sevillanos (1981) Julio la evoca como "una señora mayor, discretamente vestida, de ojos claros [que escribía] pausadamente en una mesa apartada, en el piso de arriba del desaparecido bar Coliseo" (p.72). Fascinado como yo estaba por la modernidad al comienzo de los años 80, Julio, quien me había llevado hasta Juan Benet, me recomendó Las ocas blancas (1959) de Crusat con una motivadora dedicatoria: "La Virginia Woolf sevillana". Mordí el anzuelo y busqué la novela. Hace dos años, Carmen, mi mujer, al poco del fallecimiento de Julio, la encontró, pero no la primera edición sino una de Visor Libros con prólogo titulado La aventura solitaria de Paulina Crusat de ¡Julio M. de la Rosa, de 2009! Las ocas blancas son rara avis entre las anátidas, todo un símbolo de la novelística de Paulina. Con un narrador-protagonista y estilo Bloomsbury, tal si estuviéramos a la sombra de Las olas o Mrs. Dalloway, Las ocas blancas muestra, a través de una prosa exquisita y con "entreactos" de ópera, el modernísimo fluir de la conciencia íntima de un grupo de jóvenes amigas adolescentes ("muchachas de la ciudad", "ocas blancas", millennials del siglo XX diríamos hoy) en la decadente Barcelona de 1916-17. Nada del realismo social pesimista de la posguerra civil española. Sólo el pesimismo de la decadencia ("Las ciudades, como las familias, se arruinan con facilidad", comienza la novela) o el del paso del tiempo ("El mundo cambia", p.207). Un contrapunto social fija el libro: de un lado las amigas, y entre ellas Fina, huérfana de madre, Mª Luisa Alós, estudiosa de Letras que trata de "progresar por los caminos de la cultura" (p. 255), y Adela Mauri, la fea, que sabe que aunque la "belleza es la caza mayor que los hombres persiguen", "no desdeñan la caza menor que les salta al paso" (p.25). Y frente a ellas los varones burgueses (que "fuman y miran", p.83) tratando de acertar en su escalada socioeconómica mediante el braguetazo de un matrimonio ventajoso. Autora de culto, su olvido empobrece el núcleo creativo literario de la Sevilla de mediados del siglo XX. Reconocida por Halcón, Aquilino Duque, Uceda o, entre otros Julio M. de la Rosa, es el autor de Las guerras de Etruria (2001) quien nos recuerda que la literatura de Paulina Crusat es "como si Marcel Proust y Virginia Woolf pasearan por La Palmera cogidos del brazo y con los ojos muy abiertos" (La narrativa, p.73).

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