¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Pavana para la niña del Alcázar

La arqueología tiene mucho de vanitas, y el cuerpo de la niña del Alcázar nos recuerda la fugacidad de la vida

Hoy deberíamos estar con resaca y arrepentidos, jurándonos que nunca más pisaremos la Feria y que el próximo año haremos un viaje a Zamora. Sin embargo, ay, aquí estamos frescos como una rosa y leyendo las informaciones de los restos de la niña muerta que ha encontrado Miguel Ángel Tabales en el subsuelo del Palacio Gótico del Alcázar, el que mandó a construir Alfonso X con canteros de Burgos para dejar claro que los tiempos habían cambiado. Tabales, uno de esos miles de nativos de la Baja Extremadura que vinieron a estudiar a Sevilla y se quedaron para siempre, es algo así como el zahorí del castillo-palacio que tanto enorgullece a los sevillanos. Allí donde coloca el péndulo brota una maravilla: el resto de una fogata tartésica, un simpático y verduscón relieve de piedra romano que representa un falo con patas, los estragos de un posible tsunami sobre la ciudad antigua… Maderas de deriva que nos traen noticias fragmentadas y variopintas de un mundo lejano y fantasmal.

Ahora, como saben, todo el mundo anda intrigado con esa niña que tuvo que morir con apenas cinco años en la década de los sesenta del siglo XIII. La arqueología tiene mucho de vanitas, de Et in Arcadia ego, y este amasijo de pequeños huesos a los que la vida no les dio tiempo de crecer y madurar nos recuerda a todos la fugacidad de nuestro paso por la tierra. Podrá ser una infantita o una niña esclava que fue la preferida de su señora, pero en cualquier caso la muerte la cubrió con su capa andrajosa.

Dicen que a la niña del Alcázar la van a someter a una serie de pruebas para ubicarla exactamente en el tiempo y el espacio. Entendemos la curiosidad científica y admiramos el trabajo de arqueólogos como Tabales, pero también es difícil no sentir piedad ante todo este trajín que perturba el descanso de la pequeña difunta. Borges, en su poema La noche que en el sur lo velaron, dice que un muerto es "lo que no se sabe" y esto seguirá así pese al Carbono 14 y las pruebas de ADN. Esperemos que, al menos, la niña sea devuelta a la tierra en cuanto finalicen las pesquisas, y no acabe en una triste vitrina impúdicamente expuesta a la curiosidad de los vivos. El hombre empezó a serlo cuando ritualizó la muerte, cuando honró a sus fallecidos y los acompañó en su partida hacia mundos desconocidos. Sin embargo, en estos tiempos impíos, a los que llevan siglos bajo el humus los despertamos sin delicadeza alguna para hacerles preguntas que a ellos les resultan ya absurdas. ¿Quién eres? ¿De dónde vienes?

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