La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Paz y bien, amigo

Conserva intacta la ilusión infantil del Domingo de Ramos y la pena del Sábado Santo por la noche

Tengo muchos amigos que aman la Semana Santa y sirven ejemplarmente a sus hermandades. Pero pocos que vivan todo el año no solo para ella, que eso podría reducirse a esa afición sin Dios que tanto le sobra a la Semana Santa, sino por ella, es decir, por la devoción a unas sagradas imágenes que para él son un Padrenuestro esculpido: el hágase tu voluntad cuando las cosas se tuercen, y el pan y apoyo nuestro de cada día. La Semana Santa, para él, es la fiesta mayor de la ciudad, de toda la ciudad, desde Torreblanca a Pino Montano y desde San José Obrero a Heliópolis pasando por los barrios nuevos, los históricos y sobre todo, naciendo donde ha nacido y viviendo donde vive, por la plaza en la que late el corazón de Sevilla. Su devoción son las cuatro imágenes titulares de las dos hermandades de penitencia casi vecinas a las que pertenece. Pero disfruta la Semana Santa desde que sale la Cruz de Guía de la parroquia de San Isidro Labrador hasta que la despiden, como si fueran pañuelos de adiós, los sudarios que penden de la Cruz de la Soledad de San Lorenzo.

Conserva intacta, pese a que este año celebre los cincuenta años en una de sus hermandades cuya túnica vestirá hoy, la ilusión infantil del Domingo de Ramos y -todo tiene su precio- también la pena del Sábado Santo por la noche, como cuando nos dormíamos llorando, con la bola de cera sobre la mesita de noche y la pequeña túnica deshecha sobre una silla. Aprendió a conocer la ciudad siguiendo los itinerarios de vuelta de las cofradías, él solo, en las tardes quietas de mayo, de junio, de julio, desde la Puerta de Palos a sus iglesias. No cabe fusión más íntima entre Sevilla y su Semana Santa que la de este niño al que las huellas de las cofradías le fueron enseñando la ciudad.

Hoy que tantas cofradías que quiero hay en la calle -la Piedad del Baratillo por su pura sevillanía y por el amigo Ignacio Pérez Franco, el misterio de las Siete Palabras por uno de sus manigueteros, el Cristo de Burgos ante el que mis padres se casaron y tras cuya Madre de Dios de la Palma va mi hermano, San Bernardo por ser como es- miro hacia unos altos candelabros de perfil único, un severo y esencial crucificado y una Virgen a la que Ignacio Gómez Millán erigió un soberbio palio arquitectónico para enmarcar como en un retablo su sagrado hieratismo. Paz y bien, amigo Gerardo, en tu cincuenta aniversario franciscano.

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