La ciudad y los días

carlos / colón

Pena de paso

CON voz de Imperio Argentina deberías cantar, Teresa, esta versión de la copla de Quintero, Guillén y Mostazo: "El día que morí yo, qué planeta reinaría. Por donde quiera que me llevan, qué mala estrella les guía". Porque si en vida te pudiste defender de tus muchos enemigos, una vez muerta tus amigos se cebaron contigo. No habían pasado diez meses y te desenterraron para cortarte una mano, siguiendo esa bárbara práctica desgraciadamente no desaparecida del culto a las reliquias. Y era sólo el inicio del horror. En lo que parece el final de una película gore un pie y la mandíbula acabaron en Roma, una mano en Lisboa, un ojo y otra mano en Ronda, un brazo y el corazón en Alba de Tormes, un dedo en París, otro en Sanlúcar de Barrameda y otros cachitos en Bélgica. Mejor suerte merecía esta mujer inteligente, sobria, optimista, valiente, realista, nada dada a estos horrores siniestros, blandengues, supersticiosos y fetichistas. ¡Qué indefensos, además de becquerianamente solos, se quedan los muertos!

Siguiendo con su mala estrella, que incluye muchas de sus representaciones artísticas desde las más vulgares (como la del Cassioli que la pintó desnuda) a las más admiradas (como la del Bernini que la paganizó y erotizó), ahora, para celebrar el 500 aniversario de su nacimiento, le han atizado un paso con pretexto de Corpus. Pobrecilla. Preparado por los carmelitas del Santo Ángel, que ignoran olímpicamente lo que escribió San Juan de la Cruz -"la persona devota de veras en lo invisible principalmente pone su devoción, y pocas imágenes ha menester y de pocas usa"-, el paso representa a la santa agobiada por bordados con el dichoso angelito -¡en qué mala hora se le ocurrió describir sus arrobos, ignorante de lo que el arte cristiano amanerado y decadente haría con estas aladas criaturas!- contemplando la aparición del Ecce Homo. Y a la calle con ella, pobrecita mía, con banda y todo.

Sevilla aplica con crueldad la pena de paso: ser mal esculpido, peor vestido, embutido en un misterio absurdo, subido a un paso y paseado por las calles en un supuesto homenaje devocional que en realidad es castigo, además de un atentado contra el buen gusto y un exceso que toma en vano lo sagrado y frivoliza lo santo para montar un guateque procesional con gozo de frikis. A Santa Teresa le ha tocado sufrir esta tan sevillana pena de paso con agravante de muñequeo, banda, misterio y bordados.

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