La esquina

josé / aguilar

Pepiño, vientos y tempestades

UN juez del Tribunal Supremo está tramitando el suplicatorio para empurar judicialmente al ex ministro de Fomento y actual diputado José Blanco. El suplicatorio es una solicitud que se hace al Congreso para que autorice el procesamiento de una persona que goza de inmunidad parlamentaria.

A Blanco -Pepiño, en el PSOE- lo acusan de un delito de tráfico de influencias, en relación con sus presuntas gestiones para que un alcalde socialista, el de Sant Boi, concediera licencia a una nave logística de un amigo suyo -del ministro- desde la infancia. Después de dos informes desfavorables del técnico del Ayuntamiento que tramitaba la licencia medioambiental, el empresario se puso en contacto con Blanco y el secretario de Estado de Transportes, que dependía de éste, hizo gestiones ante el alcalde. De resultas de ello se removieron los obstáculos y se dio la licencia. El amiguito de Blanco se ahorró entre 175.000 y 500.000 euros.

Hay que decir que las acusaciones contra José Blanco han ido desinflándose con el tiempo. Empezaron implicándole en un supuesto cohecho por haber recibido dinero en una gasolinera a cambio de hacerle favores a otro empresario gallego. No hubo pruebas. Luego el fiscal lo relacionó con una prevaricación, que el juez tampoco le ha imputado. De modo que queda el tráfico de influencias. También conviene subrayar que Blanco pidió declarar voluntariamente cuando estalló el caso y que se ha comprometido a dejar su escaño de diputado en cuanto se dicte auto de apertura de juicio oral en su contra. Eso no va a tardar. Una vez más se echa en falta un acuerdo o hábito para que todos los implicados en casos de corrupción salgan de la política en la misma situación (imputados, llamados a juicio, condenados en primera instancia o en instancias superiores... es lo que se debe pactar).

José Blanco, Pepiño, es el paradigma del alguacil alguacilado: fue tan riguroso con los imputados del PP, pidió tantas dimisiones inmediatas mientras era vicesecretario general del PSOE, que ahora se coloca a sí mismo en una posición insostenible. Vamos, que tendría que haberse ido ya... según el listón anticorruptos que él mismo fabricó como canon universal. Se le veía muy a gusto como número dos socialista -dando al adversario la caña que se espera de todo número dos-, como a disgusto se le nota ahora teniendo que asirse a la presunción de inocencia que negó a otros encausados. Sembró vientos, recoge tempestades.

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