La ciudad y los días

Carlos Colón

Perro no come perro

LEÍA ayer las declaraciones del abogado y ex dirigente de Batasuna Txema Montero cuando la radio interrumpió su programación habitual para anunciar que la Junta de Andalucía hacía público que se habían recibido tres amenazas de bombas colocadas en playas y carreteras malagueñas. "¿Cuándo vamos a saber -decía el ex batasunero- que estamos ante el fin del fin de ETA, no al principio del fin, como estamos ahora? Esto se dará cuando ETA considere que ha llegado el momento de matar a nacionalistas directamente, y eso para mí va a ser su fin". Al poco, cuando aún no había terminado de leer la entrevista, estalló la primera bomba en la playa de Guadalmar, tras el desalojo de 4.000 personas.

Mientras todo esto pasaba la mayoría de los españoles disfrutaba de un domingo de puente de agosto, veía con asombro los saltos que procuraron a Deferr su plata y seguía la nueva gesta de Nadal, finalmente coronada por el oro olímpico casi al mismo tiempo que estallaba la bomba de Guadalmar y se seguían buscando las que, según la llamada hecha en nombre de ETA, se habían colocado en la autovía que une Málaga con Torremolinos y en Puerto Marina, Benalmádena. Estalló esta última a las tres de la tarde y fue desactivada sobre las cinco la colocada bajo un puente de la carretera MA-21. Hay que recordar que la colocación de estos artefactos -a los que precedieron los cuatro que estallaron en Cantabria el 20 de julio y entre Torremolinos y Benalmádena el 29 del mismo mes: seis explosiones en lo que va de verano- responde a un doble objetivo: además de ser una zona turística, Málaga celebra estos días su feria.

Ya, afortunadamente, no hay dos Españas que hielen el corazón de los españolitos que al mundo vienen. Sigue habiendo dos, como decía Machado en su poema, pero sólo una hiela el corazón: la nacionalista radical vasca que asesina. La otra España, que es la real y la abrumadoramente mayoritaria, es la democrática. Desgraciadamente el poder de la minoritaria España que por no querer serlo asesina, se ve multiplicado por las acciones o las omisiones de los nacionalistas que se dicen moderados. Ello explica que para Txema Montero el fin de ETA sólo llegue cuando ésta "considere que ha llegado el momento de matar a nacionalistas directamente". Sería una triste manera de que la pesadilla acabara. Primero porque acarrearía más muertes; y después porque demostraría la ambigüedad de las relaciones entre el nacionalismo democrático moderado y el nacionalismo antidemocrático radical y asesino. A lo peor pasa con los nacionalistas como con los chuchos del refrán: perro no come perro.

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