Miguel ángel loma

Abogado

Peste equina

¿Está condenada Sevilla a padecer ese hedor en algunos de sus lugares más emblemáticos?

No me refiero a aquella penosa enfermedad africana que a finales de los ochenta del pasado siglo (¡qué viejos nos hacemos!) hizo presa en los pobres caballos y sus familiares de género afectando a sus atractivas presencias en las ferias y romerías de la época, sino a ese olor especial que Sevilla adquiere cuando sobre determinadas calzadas ornadas por medallones de excrementos equinos comienza a pegar el Lorenzo en todo su apogeo, consiguiendo que se desprenda un hedor insoportable que nos toca disfrutar a quienes paseamos por algunos parajes muy transitados de nuestra capital. Un aroma fruto de la interactuación de estas deposiciones y el calentamiento climático asfáltico por donde circulan habitualmente los coches de caballos y que -para mayor contraste- se suele corresponder con bellos y muy visitados lugares.

No se comprende que aún no hayamos encontrado una solución viable para todos, incluidos los pobres caballos, que son los que menos culpa tienen, y que, mientras que a los propietarios de perros se les obliga a recoger religiosamente las cagarrutas de sus queridos animalitos, sin embargo los dueños de los caballos no tengan que recoger nada de lo suyo. Y si se les obliga a algo (cosa que ignoro), la realidad visible y olfateable es que el efecto es prácticamente nulo en cuanto al patente y oliente resultado. ¿O acaso está condenada Sevilla a padecer ese hedor especial en algunos de sus lugares más emblemáticos?

Ignoro la solución que a este problema le hayan podido dar en otras capitales que también disfrutan de los entrañables paseos en coches de caballo; aunque debido a las altas temperaturas que alcanza el asfalto en Sevilla, quizás en esas otras no se genere el mismo grado de pestilencia que aquí, y por eso los perjuicios olfativos quizás no resulten similares a los nuestros en una actividad lucrativa que, por cierto, pudiera tener los días contados si sigue progresando la ola animalista. Y conste que no sólo carezco de antipatía alguna contra estos animales (me refiero a los caballos), sino todo lo contrario: me parecen nobles (valga el tópico), amables, pacientes y sufridos.

Exceptuando el extraño daltonismo que padecen muchos cocheros respecto a las luces semafóricas, que hace que todas las perciban verdes a su paso, nada habría que objetar a su modus vivendi: cada uno se busca la vida como puede y le dejan en esta Sevilla enfocada casi exclusivamente hacia el turismo. Mas a estas alturas del siglo XXI cuesta admitir que en una ciudad de tanta relevancia nos sigan asaltando inopinadamente esas vaharadas pestilentes capaces de destrozar las pituitarias más prudentes. El pasotismo que impera sobre este asunto quizás se deba al citado animalismo angelical que predica que a los animales hay que tenerles más respeto que a las personas, y por eso nada se objeta contra la exposición pública de sus excrementos. No sé. Pero tiene narices que este problema no sea motivo de preocupación por las autoridades que corresponda, siempre tan tiquismiquis en otras cagaditas de menor enjundia, sustancia y efectos.

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