La ciudad y los días

carlos / colón

Pichardo

MI padre se instaló en la calle José Gestoso en el año 1952 con una imprenta que poco después convertiría en papelería", decía a este periódico hace unos años Ana Díaz refiriéndose al Pichardo de José Gestoso. Somos de la misma quinta porque ese mismo año, mientras los padres de Ana Díaz se instalaban en su papelería, mi madre me instalaba a mí en este mundo nuestro a pocos metros de allí, en la esquina del ensanche de Regina. Nacidos la papelería Pichardo y yo el mismo año y en el mismo barrio fue lo natural que creciéramos juntos, desde los primeros plumieres de madera de dos pisos, las cajas de lápices Alpino, los cuadernos de caligrafía y de cuentas, los palilleros con plumín que se mojaban en los tinteros de loza blanca de los pupitres del colegio de Doña Aureliana de la plaza de Argüelles, hasta la pluma y el bolígrafo Inoxcrom que, tras ser vistos con tanto deseo expuestos en el escaparate en su estuche forrado, caían junto a la cámara de fotos Werlisa en la primera comunión.

En Pichardo me compraban también cada año las cartas a los Reyes Magos con sus cielos azules con la estrella de Oriente y sus paisajes de dunas y palmeras que, debidamente cumplimentadas, entregaba al Rey del vestíbulo del Bazar Los Reyes Magos de la calle Cuna (muchos niños de los años 50 tenemos las cuatro fotos canónicas: con el Rey Mago de la calle Cuna, vestidos de nazareno con el antifaz recogido y sujeto por un imperdible, y montados en una barca y en el coche tirado por un burrito de la Plaza de España).

José Gestoso, la calle en la que abrió Pichardo ese ya -¡ay!- tan lejano 1952, es para mí el corazón de la Navidad sevillana. No es casualidad que el Ateneo de Jacinto Ilusión haya terminado junto a ella. Desde los pavos vivos del corralón que ponían en la Encarnación junto a los urinarios hasta la panadera calle Orfila estaban el siempre indultado pavo real del azulejo de la fonda, el cerdito vivo del escaparate de la tienda de especias donde mi abuela compraba la alhucema para el brasero de cisco picón y la tila para los sofocones, las casitas y los corchos de la tienda de Isern, la viejecita que en un portal vendía musgo, romero y ramitas para los nacimientos... Y aquel Pichardo de las cartas a los Reyes Magos. En la víspera del día de la Cabalgata nos enteramos con tristeza que cerraba. Y sentimos que otro trocito nuestro moría mientras otro trocito de Sevilla vivía ya sólo en nuestra memoria.

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