Azul Klein

Charo Ramos

chramos@grupojoly.com

Plaza tomada

Soñaba con una piscina porque Trastamara no iba a reabrirse, y hasta un centro de día le parecía necesario

Le gustaba el centro porque podía ir andando al trabajo y, aunque acabara tarde, llegar a tiempo para la última sesión de cine. Le gustaba también porque podía ver el río en apenas cinco minutos y pasear por sus márgenes hasta alcanzar, media hora después, los parques umbrosos donde el calor no se atreve a campar a sus anchas. Y le gustaba mucho encontrarse con sus vecinos del barrio, los que le recordaban lo animada que había sido siempre aquella arteria comercial, con su pescadería, su carnicería, su frutería y su tienda de desavíos.

Se acostumbró pronto a que a las nueve de la mañana y a las once de la noche pandillas de estudiantes italianas o familias rusas le preguntaran cómo se abría el portal o la instaran a pulsar el timbre porque no eran capaces de localizarlo. También a encontrar bolsas de basura en los lugares donde estaba prohibido dejarlas, evidencia de que habían abandonado el apartamento turístico a horas intempestivas o de no haber sido convenientemente aleccionados sobre las normas comunitarias.

Pero aquel día había salido de trabajar temprano, los clientes por una vez le habían dado la razón sin discutir metros ni presupuestos. Y de pronto quiso tomarse una cerveza en el bar de siempre. El otro, donde solía escuchar música de jazz, fue transformado meses atrás en un apartamento.

Como había tres mesas libres optó por la más pequeña y se sentó mirando a la plaza. Soñaba con ver allí una piscina porque Trastamara no iba a reabrirse, y hasta un centro de día le parecía muy necesario. Cavilando estaba cuando un camarero que nunca había visto la apremió a levantarse. "Hay una lista de espera, no puede sentarse aquí".

Observó entonces que en las mesas de alrededor sólo había turistas que cenaban a esas horas tempranas. Todo le resultó extraño y ajeno. Había frecuentado ese bar con sus padres desde hacía treinta años y, de pronto, no lo reconocía.

Desahuciada de su plácido ecosistema se acercó al interior. Los camareros de toda la vida salieron a su encuentro, viejos y casi siempre rudos pero ahora amables. La invitaron a sentarse, le pidieron disculpas. "Y eso que aún no han construido el hotel", dijo uno de los parroquianos con sorna.

Bajo la luz artificial los vecinos del barrio se refugiaban en la zona con menos encanto del local, donde podían ser ellos mismos. Alguien le comentó que ya hay ciudades en el norte donde se reservan espacios para los residentes, "al menos en la barra". "Acabaremos así a este paso", terció la frutera, que abrió la bolsa para regalarle dos naranjas del Aljarafe. Al contemplarlas, con su piel brillante y toda la luz de enero sobre la corteza rugosa, ella recordó lo hermosa y plácida que era Sevilla.

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