EL barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) confirma lo que ya apuntaron los resultados de las elecciones europeas del pasado mes de mayo: el profundo descontento social por la baja calidad de la política ha dado lugar a la aparición de un fenómeno, Podemos, que una parte significativa de la opinión pública premia, lisa y llanamente, por estar fuera del sistema y que ha convulsionado el hasta ahora consolidado sistema de partidos, que llevaba más de tres décadas funcionando en España. La formación a la que pone cara Pablo Iglesias es una realidad política que ha venido para quedarse y que se nutre del descontento de capas muy amplias de la población, no sólo de las minorías más radicalizadas que podrían compartir los postulados extremistas que defienden en público sus portavoces. Podemos ha prendido en un sector de las clases medias que considera que los partidos tradicionales han dejado de ser útiles y se han convertido en camarillas de poder más pendientes de sus propios intereses que de los del conjunto de los ciudadanos. Sería un error que los dos partidos mayoritarios minusvaloraran la importancia de lo que supone la aparición de esta formación y la juzgaran sólo como un sustituto de una Izquierda Unida que no ha sabido adaptarse a los vientos nuevos que soplaban en el ámbito de los movimientos alternativos. Como demuestra el barómetro del CIS y como señaló hace tan sólo unos días en Andalucía el sondeo de la Universidad de Granada, Podemos genera una ilusión en el cambio que las restantes fuerzas hace mucho tiempo que no son capaces de transmitir. Sería un error identificarlo como un Beppe Grillo español: no es una astracanada para poner en solfa a la política, es más bien una enmienda a la totalidad a un sistema político que se ha mostrado ineficaz y salpicado por la corrupción. Por ello representa un riesgo para la estabilidad del sistema que hay que tener muy en cuenta. La irrupción de Podemos coincide, y eso se trasluce con claridad en el barómetro del CIS, con un PSOE en su peor momento de las últimas décadas. Los socialistas son un partido que, si se exceptúa la fuerza que exhiben en Andalucía y la proyección nacional que alcanza Susana Díaz, está a la baja en toda España. A Pedro Sánchez, su nuevo líder le toca, consolidar un liderazgo que sea reconocido dentro y fuera de su organización y, sobre todo, elaborar un proyecto nacional que prenda en los millones de votantes desencantados que le están dando la espalda. La mezcla de la ascensión de Podemos y de la crisis del PSOE es una mala noticia para la democracia española, que debe rearmarse de valores y que debe hacerlo ya.

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