Un día en la vida

Manuel Barea

mbarea@diariodesevilla.es

Políticos bondadosos

No se debe airear en público si un alcalde es "buena gente". Eso forma parte del ámbito privado

Presuponemos en quienes deciden dedicarse a la política una ubicación en el extremo opuesto de la misantropía. No tendría mucho sentido esa dedicación desde la desesperanza fundamentada en la animadversión y el rechazo al género humano. Si un político llega a la conclusión de que no tenemos arreglo -aun siendo cierto- lo mejor es que lo deje. Su obligación es que nos vaya mejor. Eso nos hará mejores. Y con nosotros, también a él. Con esa intención y no otra le damos nuestra confianza en las urnas cada cuatro años (o menos).

¿Tiene que ser un político una buena persona, alguien bondadoso? No tiene por qué. No necesariamente. Es obvio que no queremos en nuestro Ayuntamiento ni en la Presidencia de la Junta ni en la del Gobierno a una mala persona. Pero tampoco es exigible, en el ejercicio de sus funciones, un nivel de bondad más allá del justo, del que consideraríamos normal. Más que a una natural inclinación a hacer el bien, un cargo público -por ejemplo, un alcalde- debe afanarse en ser un buen gestor de las competencias y atribuciones que le corresponden y un buen administrador de los recursos que el poder deja en sus manos y un buen emprendedor de iniciativas y medidas que hagan de la ciudad que gobierna un lugar habitable. Ésta es la bondad que reclaman los habitantes a los que se llama a votar. Después, si el alcalde es "buena gente" y ama a los niños y a los viejos y a los perros y a los pájaros y al sol y a la luna con arrobamiento franciscano, es cosa suya. Por lo demás, desgraciadamente no es muy complicado hoy en día encontrarse en las instituciones a bonachones con la panza llena y el saco a rebosar, muy amigos de los abrazos estentóreos y del "a éstos que no les falte de nada". Tienen así adjudicado el marchamo de buena gente.

Así que presentar en un mitin a un político como un "alcalde buena gente", que fue lo que hizo con Juan Espadas la secretaria general del PSOE andaluz, Susana Díaz, el sábado pasado, como mínimo causa rubor. El principal afectado es el propio candidato a la Alcaldía. No se debe airear en público una condición que forma parte del ámbito privado. Y menos en un mitin, donde sólo se oyen opiniones nefastas dirigidas contra los adversarios políticos (obviamente ausentes). Pero ya se sabe que Díaz anda instalada en el populismo desde antes de que nacieran Santiago Abascal y Pablo Iglesias. Aviva las llamas del sentimentalismo y de las emociones igual que un entrenador alienta a la grada con aspavientos, y si es necesario se restriega una cebolla en los párpados para hacer que los golpes de pecho parezcan auténticos. Ella también es buena. Pero incomprendida, claro. Tal vez en el futuro presente uno de esos programas de televisión -en Canal Sur, por supuesto- en los que entre lagrimeo y jipíos se cuentan casos de bondad sin límite.

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