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La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Ponerse España por Montero

Desde la Presidencia del Gobierno y los ministerios de Interior y de Justicia se le debería obligar a rectificar

Que Irene Montero diga lo que quiera es cosa suya. Que sea ministra es responsabilidad personal de Pedro Sánchez y del PSOE. Porque los ciudadanos relegaron Unidas Podemos a un cuarto lugar en las últimas elecciones. Es el apetito desordenado de Moncloa de Sánchez lo que ha dado a Unidas Podemos el poder que los votos nunca le han dado. El resultado es que los disparates que en boca de una ciudadana no tienen mayor relevancia y que pronunciados en el seno de su partido forman parte de la lógica populista, están dichos ahora por una ministra del Gobierno de España.

Como ustedes saben la señora Montero ha afirmado que "cuando una mujer denuncia una agresión sexual en comisaría se le pregunta si iba vestida con una minifalda" y se le dice que "iba provocando y por eso un hombre ha pensado que tenía el derecho". Para concluir: "En nuestro sistema judicial falta mucha perspectiva de género. Se nos cuestiona si éramos muy busconas o si estábamos bailando de forma muy provocativa… La legislación tiene que dejar de cuestionar a las mujeres para que no se sientan culpabilizadas cuando van a denunciar y dejar de legitimar que se puedan producir agresiones sexuales". Como la Policía y la Guardia Civil dependen del Gobierno del que Montero forma parte, les ha indignado que desde él se les acuse de justificar las agresiones sexuales y culpabilizar a las víctimas.

Es de esperar que desde la Presidencia del Gobierno, y muy especialmente desde los ministerios de Interior y de Justicia, se le obligue a rectificar. Aunque lo más seguro es que no se haga. Forman parte del mismo Gobierno y la señora Montero es pareja del cada vez más poderoso vicepresidente al que Pedro Sánchez ha dado acceso a los órganos más sensibles de ese Gobierno metiéndolo en la Comisión Delegada de Inteligencia que controla el CNI. No es fácil por ello imaginar que Sánchez, Juan Carlos Campo o Fernando Grande-Marlaska contradigan, rectifiquen o desmientan a la pareja del vicepresidente y ministra de Igualdad.

Las actitudes a las que se refiere Montero son cosa del pasado. Pero a este Gobierno le conviene hacer creer que aún vive lo peor de ese pasado -el franquismo y sus apologetas o los policías y jueces machistas que justificaban las agresiones sexuales- hinchándolo y agitándolo como si fueran esos muñecos inflables bailongos que sirven de reclamo publicitario. Aunque lo suyo no es publicidad, sino propaganda.

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