LA semana pasada se hizo viral un vídeo promocional del Salón Erótico de Barcelona en el que algunas estrellas del porno denunciaban ante la cámara la "hipocresía" que, a su juicio, respira este país. Quienes peor parados salían eran el Gobierno y la Iglesia, cuyos representantes, caracterizados en la pieza con bastante sal gorda, recibían la acusación de promover determinados valores morales y actuar a la vez de tapadillo en un sentido bien distinto. De paso, la actriz que emitía el mensaje no dudaba en considerarse víctima de esa hipocresía y venía a denunciar que quienes la denigran en público son los mismos que luego van buscando sus películas. Ya que de moral se trata, a uno casi le resultaba enternecedor que un sector del que difícilmente ha podido salir más basura en el último año en España, y basura no precisamente menor, con ciertos productores acusados de delitos muy feos, se arrogue la autoridad suficiente como para dar lecciones. También considera el vídeo una hipocresía la negativa del Gobierno a legalizar la prostitución, justo cuando más consenso parece haber respecto a las sanciones contra quienes hacen uso de ella para terminar con situaciones de abuso y esclavitud. Habrá que recordar otra vez que la aceptación popular no hace buena una actividad, ya se llame prostitución o narcotráfico.

Pero, en fin, a tenor de lo que los propios artistas reivindican, seguramente al negocio de la pornografía le conviene no sólo la continuidad legal de la prostitución, también su aceptación social. Independientemente de que el vídeo de marras tuviera una intención comercial, al verlo me acordé de Niestzsche y sus advertencias sobre los profetas de la moral. No es difícil advertir aspiraciones a una mayor cota de poder en los políticos y obispos que van pregonando lo que está bien y lo que está mal; pues bien, conviene señalar en estos figuras que pretenden hacerse pasar por adalides de la libertad exactamente las mismas. De alguna forma, el círculo se va cerrando: ya tenemos a los corruptos gobernando y a los trabajadores del porno no sólo dictando la moral; también, incluso, los pormenores de la cuestión ética. Y esto sucede porque se ha producido una dejadez de funciones, con la política convertida en una ciénaga y el saber humanístico convenientemente extirpado del discurso. Cuando queda un hueco libre, tampoco hay que ser un lince para intuir quiénes van a intentar ocuparlo primero.

Vivimos el tiempo en que los héroes del porno (la misma actriz que protagoniza el vídeo es un ejemplo) ejercen de intelectuales. Aquí tenemos, al fin, a nuestros amos.

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