La tribuna

Jaime Martinez Montero

Predicar y dar trigo

DICEN que el clima irlandés es maravilloso, pero que el tiempo lo arruina. A veces pasa lo mismo con algunos propósitos de las autoridades educativas (Ministerio y Consejería): buenas intenciones, mejores palabras, pero medidas que poco tienen que ver con unas o con otras. El mes de julio es mes de oposiciones de acceso a los cuerpos docentes. Veamos un ejemplo.

Nos dicen nuestras autoridades -y estoy totalmente de acuerdo- que la institución escolar ha de superar dos grandes retos: la incorporación de las nuevas tecnologías y el bilingüismo. Si así no lo hace, tendremos una enseñanza de "tercera", que dejará a los alumnos muy en desventaja respecto a otros países y comunidades autónomas. Esto es fácil de aceptar, como también lo es el importantísimo papel que tienen los profesores en el sistema, entre otras cosas porque van a ser ellos los que van a tener que realizar esa transformación.

Por eso, la selección de los mismos se convierte en un elemento de primera magnitud. Pero ¡ah!, aquí empezamos a apartarnos de lo que se dice. La forma de acceso a la función pública docente es el bien conocido sistema de oposiciones. ¿Se exige para la superación de las mismas, si no como requisitos sí como méritos, el conocimiento y uso de un idioma extranjero y el dominio de las nuevas tecnologías en el proceso de enseñanza-aprendizaje? Además, ¿se cuida la selección de los miembros de los tribunales para que los formen buenos docentes, de una comprobada preparación, acreditados en descubrir y calibrar aquellas competencias y habilidades profesionales que los maestros y profesores han de poner en marcha una vez que entren a desempeñar su oficio?

Pues nada de esto. Las oposiciones siguen planteadas como si estuviéramos en los años setenta del siglo pasado. Una aspirante a profesora que fuera bilingüe y además dominara la informática y su explotación en el aula no obtendría ninguna ventaja frente a quien careciera por completo de tales aptitudes. Lo único que premia el sistema, lo que de verdad se considera mérito en el acceso a la docencia pública, es el número de años que ha estado una persona trabajando en la escuela y, a la vez, suspendiendo el procedimiento por el cual se accede a enseñar en la misma (o sea, la oposición). Cuanto más tiempo se haya permanecido en tan peculiar situación, más méritos acumula el aspirante.

Y los miembros del tribunal, ¿cómo se designan? ¿De entre los más destacados docentes? ¿De entre aquellos que han demostrado su pericia en las cualidades profesionales que se buscan? No, en absoluto. Se hace un sorteo, y al que le toque le ha tocado. Ya ven qué procedimiento. ¿Se imaginan ustedes a una empresa medio seria con un sistema parecido, que rifara entre sus empleados, sin ninguna discriminación, quiénes fueran a seleccionar al nuevo personal? Pues eso es lo que ocurre todos los años en nuestro sistema.

El sistema de formación en ejercicio, el encargado de la actualización y puesta al día del gremio profesoral, tampoco es un ejemplo de concordancia entre las palabras y los hechos. Es realmente peculiar y difícilmente reproducible en otro sector profesional que no sea la enseñanza pública. En términos disyuntivos, el asunto va como sigue. En primer lugar, si el docente se quiere formar, se forma; si no, no. Una vez que elige llevar a cabo alguna actividad formativa, elige cuál de ellas hace, tenga esta que ver con su trabajo en clase o no. Una vez que la ha concluido, decide libremente si lo que ha aprendido lo aplica o no. Es decir, como aquella señora que, sabiendo que su vecina iba de viaje, le dijo: "Si vas a Madrid, que no vas a ir, y si ves a Felipe, que no lo vas a ver, le dices..., bueno, no le digas nada".

También se habla de las medidas que se toman para que los centros presten un buen servicio y sean las piezas efectivas que consigan que los alumnos alcancen el necesario nivel educativo. Pero cuando se hace una evaluación externa, y como, normalmente, los resultados son malos, se acude a dar unas explicaciones que orillan ese papel. De la escasa preparación de los alumnos tienen la culpa: el ambiente, los padres, el nivel cultural y económico, el Gobierno, la burocracia, la Logse, los pedagogos, el sexo, y Aznar o Zapatero, a elegir. Por lo visto, el único factor que no influye, que no tiene nada que ver, es el funcionamiento del centro y la calidad del proceso de enseñanza-aprendizaje que en él se lleva a cabo. Son ya varios los informes que se han publicado (PISA, Pirls, el Timms hace muy poco, las Pruebas de Diagnóstico), y créanme si les digo que los he leído con atención y detalle. ¡Ni una palabra sobre la influencia del centro en los diferentes resultados! Los centros son como el cero en la suma y el uno en la multiplicación: el elemento neutro. ¡Ojo! El asunto es muy peligroso. Porque si los centros son tan inanes ante las circunstancias externas, ¿cómo diablos vamos a arreglar esto?

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