La ciudad y los días

carlos / colón

Primer viernes de marzo

HAY palabras que parecen conjuros por su capacidad para evocar el todo que a la vez inician y anuncian. Los lectores dados a la relectura saben que basta decir "Si he de ser yo el héroe de mi propia vida…", "El señor Trelawney, el doctor Livesey y algunos otros caballeros me han indicado que ponga por escrito todo lo referente a…", "Hace tiempo que me acuesto temprano" o "Tenía dos o quizá cuatro centímetros menos que un metro ochenta de estatura…" para que las novelas que comienzan con ellas les revivan por dentro enteras y en un instante, fundiendo el placer de volver a lo conocido y amado, y la excitación de lo que, por muchas veces que se haya leído, siempre sorprende y asombra.

Para quienes, como Manuel Chaves Nogales, somos dados a leer en las páginas de ese libro abierto que es La Ciudad, hay palabras que con sólo decirse o pensarse tienen el poder de convocar toda la carga de recuerdos y promesas que encierran. Porque tienen que ver con el pasado -costumbre, rutina, rito-, con el presente -lo que se inicia- y con el futuro -lo que convocan-. Son las palabras que abren los distintos capítulos anuales del libro de La Ciudad, siempre vinculadas a lugares concretos y a fechas exactas, que tan íntimamente nos unen a Sevilla diluyendo los límites entre ella y nosotros.

Es el caso, para mí, de estas palabras: hoy es primero de marzo en San Antonio Abad. Encierran las misas de ocho oídas, domingo tras domingo, con quienes hoy allí descansan; las Misas del Azahar con voces ásperas de sochantres, lamentos de violines desafinados, denso incienso enroscándose salomónicamente en los rayos de luz, reparto de azahares marchitos que se ponían junto al olivo del Domingo de Ramos en el pequeño retablo de la Virgen del Perpetuo Socorro que presidía la entrada de mi casa, nervios del chaval de 14 años que por primera vez se iniciaba en los perdidos misterios del patio de bancos y búcaros, severos manigueteros de terciopelo morado en el cuarto que hoy es tienda de recuerdos, cofradía completa cubierta, encendida y formada antes de que se abrieran las puertas para que se cantara la saeta a nuestro primer titular, la Santa Cruz que nos guía y el Dulcísimo Nazareno abraza… Y así hasta que hoy llegue y pase otro primer viernes de marzo en San Antonio Abad, idéntico y distinto a los que fueron y a los que serán cuando esté, junto a los míos, entre los brazos de Jesús Nazareno.

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