La tribuna

antonio Porras Nadales

Profesionales de la política

LA contradicción es paradójica y reiterada: a los políticos les pedimos que, antes de ser políticos, tengan otra profesión, es decir, que hayan sido médicos, profesores o abogados, o lo que sea. En cambio, cuando vamos a un médico o un abogado lo que queremos es que sean unos auténticos profesionales, y no unos aficionados que se hayan dedicado antes a otro tipo de actividad. No le pedimos a un médico que antes de ser médico haya sido abogado o a un fontanero que antes haya sido electricista.

Parece que no acabamos de aceptar que la profesión de político sea como otra cualquiera, una actividad que se puede ejercer desde joven con vocación, entusiasmo y dedicación exclusiva. Y de esta forma, no conseguimos que la clase política acabe investida del prestigio profesional que necesita para llevar a cabo sus funciones de una forma adecuada. Son algunas de las injustificadas críticas que se han vertido contra la nueva presidenta de Andalucía, Susana Díaz.

Pero, ¿en qué consiste la profesión de político? Con frecuencia la confundimos con la del gobernante, es decir, con la imagen del gran dirigente capaz de intuir los vientos de la historia y mover la maquinaria del Estado para dar respuesta a las demandas y necesidades ciudadanas. Otras veces la entendemos como la tarea propia de un líder carismático, capaz de movilizar a las masas y guiar a los pueblos hacia horizontes de futuro, llenos de romántica grandeza. Son visiones un poco excepcionales y grandilocuentes, que no se ajustan a la prosaica realidad del día a día. Los políticos no tienen por qué ser profetas o estadistas, ni grandes cerebros guiados por una inteligencia superior: porque entonces corremos el riesgo de que se lo crean, y sería mucho peor. Teóricamente lo que deberíamos pedirle a un político es que tenga capacidad de representar, es decir, capacidad para expresar el conjunto de sentimientos o de aspiraciones de una colectividad. Sentimientos que no siempre son virtuosos ni están orientados por la bondad o el amor a los semejantes.

En la práctica, y en el contexto presente, un político profesional es un miembro cualificado de un partido político. Es decir, alguien que forma parte de un colectivo organizado que se dedica a la promoción interior y a la competencia con los demás. Una persona avezada en las virtudes maquiavélicas de la conspiración, la movilización de apoyos, la orquestación de lealtades precarias, las zancadillas al contrincante, la máscara de la sonrisa ocultando un corazón de hierro. Alguien que considera a los suyos como los únicos detentadores de la verdad, mientras que los demás malviven en un cúmulo de mentiras y engaños. Esta es, si pudiéramos llamarle así, la "cultura" que respiran esas organizaciones llamadas partidos políticos a las que nuestra Constitución ha otorgado el privilegio de la representación política.

Desde una perspectiva idealista, todos desearíamos que esa cultura política, en cuyo ambiente se forman las nuevas generaciones de dirigentes, estuviera orientada hacia la búsqueda del bien común, la honestidad y la transparencia, la atención a los más necesitados, el rigor y la eficiencia en la acción pública. Pero esto sería lo correcto si de verdad nuestras aspiraciones colectivas se situaran en torno a esos nobles horizontes, donde rezuman las esencias de la democracia avanzada propia del siglo XXI. De este modo, la función representativa del político profesional operaría satisfactoriamente en búsqueda del bien común y la honestidad en la cosa pública. Pero la triste realidad no nos permite respirar ese optimismo: si fuera así, hace tiempo que, con nuestro voto, hubiéramos mandado a su casa a toda la pléyade de políticos corruptos que nos rodean.

Es posible que nuestras aspiraciones colectivas, en realidad, no se muevan en torno a esos horizontes, tan optimistas, de bondad y de honestidad, sino más bien alrededor de aspiraciones más prosaicas y egoístas, bastante más tolerantes con la mentira, la corrupción, la búsqueda del beneficio individual o el odio hacia el contrincante. Y si esas son nuestras aspiraciones colectivas, entonces el político profesional será alguien capaz de enmascarar, tras la retórica del bien común, una realidad donde predomina el egoísmo, la mentira, la corrupción, el beneficio individual o el odio al contrincante.

Un político profesional debe saber reflejar y representar las aspiraciones de su pueblo. Y cuando su itinerario de formación se despliega en el interior de la propia maquinaria partidista, estará bien preparado para esta tarea de simulación. Por eso suele decirse que cada sociedad tiene la clase política que se merece.

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