La ciudad y los días

carlos / colón

Puestos a quitar calles...

EN las prisas por borrar lo que queda del franquismo de las calles de Madrid, Carmena y los suyos meten una y otra vez la pata. Tan a fondo que han tenido que pararse. Para empezar resulta raro, con la información objetiva de historiadores serios que hoy poseemos y lo aportado por la apertura de los archivos de la ex Unión Soviética, que la memoria histórica se aplique sólo a los golpistas y criminales de guerra del bando franquista, y no también a los del bando comunista, anarquista o socialista enemigos de la República democrática. Perder una guerra no absuelve de los golpes de estado o crímenes cometidos.

Los ejemplos, antes desautorizados como propaganda franquista, son abundantes. Desde los discursos de Largo Caballero ("Si la legalidad no nos sirve, daremos de lado la democracia burguesa e iremos a la conquista revolucionaria del poder", 1933) a los editoriales de El Socialista ("¿Concordia! ¡No! ¡Guerra de clases! ¡Odio a muerte a la burguesía criminal!", 1934). O la confesión de Indalecio Prieto ("Me declaro culpable ante mi conciencia, ante el Partido Socialista y ante España entera, de mi participación en aquel movimiento revolucionario [en referencia al golpe de 1934]. Lo declaro como culpa, como pecado, no como gloria").

Así que, puestos a quitar calles y placas, el catálogo debería ampliarse más allá de los franquistas. Porque Pasionaria, por ejemplo, tiene calles por toda España. ¿Y acaso fue un ejemplo de defensa de la democracia aquí o en Moscú? En Moscú, tan a gusto, estaba la buena señora como secretaria general del PCE en plena era estalinista durante la deportación masiva de los combatientes soviéticos que habían caído presos de los nazis y fueron liberados por los americanos, acusados de entrar en contacto con otras formas de pensamiento y vida (1946-1949); durante los fusilamientos y deportaciones tras el falso proceso del Caso de Leningrado (1950); o durante las campañas antisemitas que deportaron al Gulag a miles de judíos con procesos trucados como el Juicio Slansky, que condenó a muerte a 11 dirigentes judíos checos acusados de conspiración sionista-trotskista-titista (1951), o invenciones grotescas como la Conspiración de las Batas Blancas, según la que médicos judíos tramaban el asesinato de dirigentes del partido (1952). Allí estaba, aplaudiéndolo, esta buena señora con calles en toda España como defensora de la libertad. Puestos a quitar calles…

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