LLENANDO el Teatro Español todos los días, como está ocurriendo, cuando concluya el trimestre de representaciones de Sweeney Todd. El barbero diabólico de la calle Fleet habrán visto la representación alrededor de cincuenta mil espectadores. Muchos, de acuerdo, pero una insignificancia si los comparamos a todos los que ven, por televisión, incluso los programas más inocuos y esquinados. Esos que van a deshoras. Hasta los muy madrugadores o los muy trasnochadores.

Lo que debe hacernos caer en la cuenta sobre lo privilegiados que son, que somos, esos cincuenta mil testigos del Sweeney Todd en vivo y en directo. De esa interpretación memorable de Vicky Peña, capaz de levantar a la platea cada vez que pisa el escenario; de ese hallazgo que es Ruth González encarnando al pequeño Tobías y de esa voz prodigiosa de Joan Crosas.

Se ha dicho tantas veces que suena a tópico. El teatro, y más en concreto el teatro musical, cuando está bien hecho, como en el caso que nos ocupa, nos puede deparar, todavía hoy, sensaciones incomparables. Lo mejor de esta versión de Mario Gas es que ha logrado una conjunción impecable, en donde todo funciona bien. Escenografía, cantantes y actores. Del primero al último. Y no era fácil. No era nada fácil encarar la complejidad de la música de Stephen Sondheim, que como ocurre con lo bueno, gana a medida que se escuchan más veces. Cuando se interiorizan, canciones como el dúo Bellas damas o el cuarteto del tramo final inspiran una emoción insuperable. De ahí que el espectáculo del Teatro Español debiera quedarse mucho más allá del 7 de enero. Para que los cincuenta mil que lo han disfrutado puedan volver a él en una segunda ronda. Y es que sobre el escenario del Español hay un espectáculo a la altura del mejor musical del mundo.

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