Manuel j. Lombardo

Crítico de Cine

Quedarse en Sevilla

Quedarse en verano en Sevilla es dejarse llevar por otro sentido del tiempo

Ya lo dice la canción de Pata Negra: "Si tú te vas/ si tú te vas/ yo me quedo en Sevilla/ hasta el final". Ahora que todo el mundo se va de veraneo, aunque sea los fines de semana o a echar el domingo a la playa, ahora que los estudiantes han vuelto a casa tras los exámenes, es cuando más me gusta esta ciudad, no digamos ya si, con las embestidas esquizoides del cambio climático, llevamos un par de julios gloriosos en los que se puede dormir sin ventilador y ahorrar un buen pellizco en la factura de la luz a costa del aire acondicionado en modo off.

Sevilla en verano es una ciudad que baja el ritmo, que se esconde en las oficinas, los locales climatizados y los pisos, que despeja sus arterias principales e incluso esas calles comerciales con grandes carteles rojos con "descuentos hasta el 50%" en sus escaparates. A mí me parece más habitable, aunque a veces me pase días enteros metido en casa o apenas baje a la Chicotá cuando cae el sol para hacer gasto de proximidad y observar a los parroquianos en bermudas apurando demasiado la temporada de caracoles.

En Sevilla en verano se levanta uno más temprano, sin despertador, al son de los vencejos, las tórtolas y esos nuevos invasores, las cotorras color verde lima, que se posan en el árbol de enfrente antes de planear como flechas hacia su siguiente destino. Me gusta desayunar pronto en mi bar del barrio, antes de que el sol empiece a picar en la terraza: comparto mi tostada con los gorriones, que cada día se acercan más al plato a por sus migas en una paulatina conquista del terreno.

Este mes trabajo además por primera vez dando clases de cine a estudiantes norteamericanos en un centro en El Porvenir ubicado en una preciosa casa del 29. Está siendo un inesperado placer ir hasta allí cada mañana en bicicleta, aparcarla junto al Parque de María Luisa, hacer tiempo en el jardín o tomar un café en el descanso en Casa Palacios.

Me gusta también el ambiente veraniego de la redacción del periódico, esa bajada de intensidad informativa y sonora tan necesaria ante tanta saturación de actualidad, clickbait y primicias que no lo son tanto. Cuando adelgazan los periódicos en verano, incluso a pesar de los críticos de guardia y los cuentistas por entregas, es como si también adelgazáramos todos de tensiones artificiales y preocupaciones vicarias.

Quedarse en verano en Sevilla, lo sabe bien el amigo Gregorio, es dejarse llevar por otro sentido del tiempo, es alargar el día sin rumbo fijo ni hora de vuelta, es otra manera de ser flâneur en la ciudad de siempre, es reapropiarse de ella a una escala más personal, más solitaria, más recogida, más soñadora en definitiva.

Dicen las estadísticas que el 51,3 % de los autónomos no veranean, si acaso a última hora si salen las cuentas después de la declaración del IVA. Si, como parece, terminaremos todos siendo autónomos, casi conviene que el maldito cambio climático siga su destino esquivo para poder disfrutar de la ciudad los muchos veranos que, toquemos madera, aún nos quedan por delante.

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