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Carmen Calleja

Rajoy y la felicidad de los españoles

MI amigo, el droguero de la esquina de mi calle, centro de transferencia de todo tipo de comentario de la parroquia, me contaba el impacto que había tenido la frase de Rajoy al decir que nos va a devolver la felicidad a los españoles. Pues lo tiene crudo, fue su preliminar resumen. Desde aquí, que vemos pasar a tanta gente, te digo que eso es imposible porque cada uno tiene una idea de la felicidad. Esto es como Francia y los quesos: hay más tipos que gabachos, sentenció exagerando. Para el investigador que vive en el número tres lo más de lo más es que su mujer le deje en paz todas las horas que se pasa con el microscopio. Para los albañiles que están en la obra de allí enfrente, la felicidad es que lleguen las tres de la tarde del viernes y, como dicen ellos, inflarse a cerveza, tortilla de patatas y pimientos asados. Y si hablamos de la mocita del ocho, que tiene las hormonas en rompan filas, lo que la haría feliz es que apareciera el novio con quien casarse en una de esas ceremonias, eventos, al que acudir, a ser posible, en coche de caballos. Y para mí, dijo por concluir, a esta altura del relato de mi vida, lo que más feliz me hace es un buen Barça-Madrid.

Hombre, tercié, casi apiadándome de la insólita frase de Rajoy, tal vez se refiera al bienestar económico. Ah, bueno, pero ésa es otra cuestión. La felicidad es algo personal que necesita un umbral de bienestar, de salud y económico, pero que cada uno la encuentra donde le da la gana. Rajoy ha hablado de felicidad y de devolverla, como si alguien nos la hubiera quitado y como si todos los individuos se declararan felices.

Rogelio, el titular de la casi centenaria droguería, ha intuido bien lo que decía Kant: nadie me puede obligar a ser feliz a su modo (tal como se imagina el bienestar de otros hombres) sino que es lícito a cada uno buscar su felicidad por el camino que mejor le parezca.

Cuando un gobernante habla de felicidad para la colectividad, normalmente es un autócrata y no un demócrata. Y también, por ello, está pensando en súbitos y no en ciudadanos. La República del Bután, no democrática y que sustituye las mediciones del PIB por la de la Felicidad Interior Bruta, es un buen ejemplo. El carácter paternalista de la frase de Rajoy es obvio y esta mirada hacia la sociedad incluye tratar a los ciudadanos como súbditos a los que hay que revelar cuál es su felicidad y luego proveérsela.

Da miedo oír que nos van a devolver la felicidad cuando, como en el pensamiento de Kant, ésta equivale a libertad. Con aterradora frecuencia hay representantes públicos que no se quieren limitar a gestionar los asuntos comunes conforme al mandato de las urnas y de la investidura parlamentaria, ambas presididas por el contrato del programa electoral. Desean ser los intérpretes de lo que nos conviene en la esfera personal e imponerlo como norma.

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