RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez Azaústre

Razones para una rebelión

EL mundo se derrumba muy cerca de nosotros, que vivimos al margen de cualquier impresión. Nos parece, al mirar, que la realidad de los países árabes que se han lanzado a la calle, con distintas maneras y tensiones, la singularidad de cada sitio y su carácter múltiple de liza, está muy alejada de nuestra comodidad. Pensamos ahora en Túnez, en Egipto y en Libia, recorremos los titulares de Yemen y de Siria, mientras atendemos a la letra herida y diminuta de cada realidad, y nos sigue pareciendo un escenario en el que no tendremos que actuar. ¿Qué nos diferencia de esta gente? Habría que empezar por preguntarse qué les hizo estallar. Si encontramos al fin el detonante, la espoleta sutil de la granada, podremos comparar sus causas con la actualidad de aquí, y entonces calibrar nuestra propia actitud.

Por más que las conquistas democráticas parezcan la razón inaugural, y puedan tener en esto un papel secundario, tampoco hay nada nuevo en este campo. No ha ocurrido algo diferente en los últimos años, hablando de garantías democráticas, en todos estos países gobernados con mano autoritaria, en unos más medieval que en otros, pero en todos sin concurso de derechos. Ahora puede vestirse, y se ha vestido, de lucha de conquista democrática; pero, cuando la democracia lleva, en varios casos, cientos de años sin aparecer por aquellas tierras del desierto, ¿por qué justamente ahora todas estas revueltas coordinadas? Fondo, sí, pero no mecha. La otra razón puede ser la crisis económica, ese empobrecimiento que ha ido asolando esa vida menuda de las gentes, empezando por aquel muchacho tunecino, informático, que prefirió quemarse en una plaza antes que seguir aguantando una vida en la que no ganaba para alimentar a sus hijos, después de que el Gobierno le hubiera arrebatado su carro de vendedor ambulante. Sin embargo, tampoco la crisis puede sostenerse como única razón; porque, de haberse gestionado honradamente, y haber observado la ciudadanía que las clases dirigentes la padecían también, sin enriquecimientos indebidos, sin ostentaciones lacerantes, quizá la misma crisis habría sido un factor de unión nacional.

Llegamos, entonces, al tercer factor: la corrupción de los poderes gobernantes. El saqueo continuo de las arcas públicas, mientras el pueblo se iba hundiendo en la desesperación económica. Unas desigualdades clamorosas, toda esa agua al cuello ocupando la misma geografía que sueldos millonarios en los bancos. Quizá éste sea el motivo desestabilizador, que unido a la crisis general y el hambre democrática, ha movido las patas de algunos sillones hasta hace poco omnímodos. Pues bien: esa corrupción de las clases dirigentes, esas desigualdades, ese ahogo continuo, explotador, del ciudadano medio, ¿de verdad está tan lejos? Quizá no ocurra pronto, pero en algún momento alguien ocupará también aquí la calle para pedir explicaciones públicas.

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