Antonio Montero Alcaide

Escritor

Realismo rústico

La excelencia no necesita etiquetas, aunque el realismo mágico se haga genuinamente rústico

Adherir etiquetas, o poner marchamos, a la creación literaria suele ser un modo de distinguir identidades estilísticas e incluso argumentativas. Es el caso del realismo mágico, cuya primera caracterización se realizó en la crítica artística aplicada a una obra pictórica. Si bien, arraiga, y perdura, en la literatura, principalmente sudamericana, desde mediados del siglo XX, con proximidad a lo real maravilloso que sirve a Alejo Carpentier para introducir su novela El reino de este mundo (1949). García Márquez, con sus Cien años de soledad (1967) y el galardón del Premio Nobel de Literatura (1982), es considerado uno de los escritores cuya obra, en buena medida, resulta propia del realismo mágico. Las características más o menos comunes de esta catalogación reúnen la incorporación de elementos mágicos o fantásticos, percibidos o vividos por los personajes sin que se altere la normalidad; la necesidad de no dar cuenta o de explicar tales elementos, que acaso se intuyen o asimilan con el respaldo de lo sensorial; o la adherencia de la fantasía a la realidad, sin que aminore la entidad de lo verídico.

Más localizado y circunscrito, pero coincidente con el auge la literatura sudamericana, es el movimiento de los narraluces, cuya configuración es un tanto controvertida, por más que se refieran formas narrativas novedosas y compartidas por sus integrantes. Entre quienes se incluye, aunque no siempre con la merecida relevancia, a José María Requena (1925-1998), que obtuvo el Premio Nadal en 1971 con su novela El Cuajarón. El propio autor matizaba, preclaramente, la diferencias entre ser andaluz o escribir en Andalucía, con posibles influencias que atribuyan cierta identidad, a compartir un movimiento quizás más debido a coincidencias en el tiempo de obras de autores andaluces que fueron reconocidas y premiadas.

Por qué, entonces, realismo rústico. Evítese, en cualquier caso, una acepción vinculada a lo tosco, porque se trata de una genuina referencia al campo. Términos afines podrían ser: campestre, rural o campesino, pero la acentuación esdrújula asocia esas dos formas del realismo, mágico y rústico. Este último tiene destacada expresión en las novelas, generalmente corales, por su nutrido elenco de personajes, de José María Requena. Es el caso de Leonardo, en Las naranjas de la capital son agrias, venido del campo a la ciudad y que se alivia y descompone, con borracheras vespertinas, del desarraigo. Al que los niños acuden para escuchar cómo se asiste de los recuerdos aderezados con el resolutorio concurso de la imaginación: "Leonardo, cuéntenos […] el jaleo que organizó usted el día que fue de cacería con sus cuatro galgos y le atacaron más de quinientos conejos dentones que hubieran acabado con usted si no llega a venir el sargento de la Guardia Civil con diez guardias, de resultas de lo cual estuvieron comiendo conejo en el pueblo qué se yo cuántos meses".

Realismo mágico y rústico, si es que resulta necesario ponerle marca a la excelencia.

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