La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Réquiem difícil por un corazón roto

Lo escribo para testimoniar una de esas realidades que no son noticia, pero hacen la grandeza de la Iglesia

No soy uno de esos levíticos [RAE: "devoto de la Iglesia y sus ministros"] a los que antiguamente se llamaba "tirasotanas". Lo que no impide, más bien facilita, que me sienta íntimamente unido a la Iglesia y respete profundamente a los sacerdotes que la sirven con devoción y entrega. Lo debo a lecturas como Meditación sobre la Iglesia de Henri de Lubac, uno de esos libros que cambian una vida al ensanchar y profundizar la perspectiva sobre una realidad, y a encuentros con sacerdotes modestos -y la modestia es virtud cristiana- llenos de sentido común y bondad, como don Rafael Moyano, el cura ciego del Gran Poder, o don José Vicente Corona, director espiritual de la Amargura; que entendían sus altas responsabilidades como un servicio que no les impedía llevar una oculta vida monacal, como don Antonio Domínguez Valverde, párroco de la Magdalena y director espiritual del Calvario; que tras muchos años de ministerio se emocionaban hasta quebrárseles la voz al consagrar, como don Pedro Ibarra, párroco de Santa Cruz y director espiritual del Silencio; que aunaban sabiduría teológica, sencillez y bondad, como don Antonio Calero y el para mí santo padre Ramón Mera de los Sagrados Corazones que tantos viernes ofició la misa de hermandad del Calvario y dedicó los últimos años de su corta vida al servicio de los más desfavorecidos en el barrio jerezano de San Telmo Viejo.

A todos los conocí a través de mis hermandades. Gracias a una de ellas, la del Gran Poder, conozco al padre Borja Medina, actual rector de la Basílica. O creía conocerlo. Porque de verdad lo he conocido ayer, al oír la homilía -difícil casi al límite de lo imposible- que pronunció en San Juan de la Palma ante el féretro de un amigo tan maltratado y herido por la vida como la Noemí cuyas palabras dan nombre a la Amargura: "Llamadme Mara, porque el Todopoderoso me ha llenado de amargura". Es difícil oír en un funeral, ocasión tantas veces de retóricos consuelos, palabras tan sentidas, sinceras y respetuosas con el sufrimiento, dolidas hasta las lágrimas ante el misterio de un dolor tan humanamente incomprensible que sacude los cimientos de la fe y a la vez llenas de seria y probada esperanza.

Lo escribo para dejar constancia pública de una de esas realidades que no son noticia, pero hacen la grandeza oculta de la Iglesia y el sacerdocio, y no quede solo para quienes ayer estábamos en San Juan de la Palma.

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