la tribuna económica

Rogelio / Velasco

Retórica política y aritmética económica

LA victoria socialista en las elecciones francesas, ha abierto para muchos la expectativa de un cambio en la política económica, de manera que a la austeridad se le añada el componente de crecimiento para salir de la crisis.

Pero la retórica utilizada por Hollande durante la campaña electoral dudamos que sea compatible con la situación económica en la que Francia se encuentra. Como hemos comentado, el país galo no presenta unas cuentas públicas con superávit primario desde el año 1972. No haber sufrido grandes contracciones en el PIB y haber mantenido una tasa de crecimiento del 2,5%, le han permitido financiar el déficit durante casi todo ese periodo con comodidad. Decimos casi, porque durante los dos primeros años del mandato de Mitterrand, la agresiva política fiscal tuvo que ser frenada porque el mercado la consideró inviable. El franco sufrió una fuerte depreciación.

La deuda pública francesa con relación al PIB va a superar este año el 95%. Ese nivel de deuda -como la de otros países- no se alcanzaba desde el final de la II Guerra Mundial y no sirve absolutamente como comparación para analizar las posibles salidas y políticas económicas, porque en tiempos de guerra los ciudadanos están dispuestos a sacrificarse hasta el infinito; hoy, esa capacidad es mínima en los ricos países europeos.

La banca francesa es la más endeudada de la eurozona. Adicionalmente, su fuerte exposición al riesgo soberano de Grecia y de Italia la hace extremadamente vulnerable a cualquier evento crediticio que se produzca en esos países. La única ventaja comparativa que tiene nuestro vecino del norte para combatir la crisis, es que cuenta -junto con Italia- con las familias menos endeudadas.

En ese contexto, en teoría, cabe elevar la presión fiscal para reducir el déficit y financiar algún programa de gasto. El presidente electo ha anunciado que elevará el tipo marginal hasta el 75% para los más ricos. Habrá que esperar a su concreción, pero la experiencia comparada nos indica que detrás de esos tipos tan progresivos suele haber elefantes de papel: no hay tantos ricos y no se recauda tanto. Adicionalmente, la fuga de capitales junto a complejas operaciones de ingeniería fiscal están garantizadas.

Ha prometido igualmente contratar a 60.000 funcionarios para compensar la pérdida de empleo público durante el mandato de Sarkozy. Con una deuda pública que se dirige al nivel del PIB, no parece la medida más apropiada.

La propuesta de utilizar el Banco Europeo de Inversiones como instrumento para ejecutar un potente plan de inversiones se enfrenta a dos problemas. El primero, los recursos tendrán que ser aportados por los países miembros y aunque contablemente se disfracen, no dejarán de ser considerados un mayor compromiso de recursos públicos. El segundo, que tendría que ser de tal magnitud para que a corto plazo tuviese un impacto significativo sobre la actividad, que no alcanzaría el dinero que los países europeos están en condiciones de aportar o el propio endeudamiento del BEI.

La victoria de Hollande representa, sin duda, una esperanza frente a la inflexible postura alemana. Pero el presidente socialista tendrá que pensar en otras medidas y con otros países para relanzar la economía.

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