COMO en casa de uno, en cualquier sitio. De este modo ironizaba un actor de cine sobre la pulsión hogareña de los españoles, que nos lleva a añorar el calor del hogar en cuanto cruzamos una frontera y anhelar el fin del viaje que acaba de iniciarse. Siempre hay excepciones, aquí llamadas culos de mal asiento: no paran un momento con la familia.

Con la crisis -¿cómo que qué crisis?-, las excepciones se están convirtiendo en regla general. En el mal año 2008 -y digo malo porque lo de pésimo lo dejo para el 2009-, el consumo de televisión en las casas españolas ha alcanzado su récord histórico: tres horas y tres cuartos de media sentados, o tirados, delante del televisor. Todos los días del año. Tres millones y medio de españoles han pasado diez horas al día pegados a la pantalla (y, sin embargo, han sobrevivido). En el otro extremo, los adolescentes ven poca televisión, pero no porque salgan más de casa, sino porque se entretienen con las consolas, internet y el móvil.

La crisis trae bajo el brazo el retorno al hogar, dulce hogar, postergado durante los años de la euforia, cuando todo se iba en viajar, comer fuera y disfrutar de la segunda residencia. Ahora las familias redescubren -a ver qué remedio- los pequeños placeres de la vida, que son placeres baratos y domésticos, como de andar por casa. De eso se trata, de andar mucho por casa y no pisar la calle, una vez que hemos asumido que la calle es sinónimo de compra, gasto y consumo y no terminamos de retomar la idea de que lo sea de paseo, charla, amistad y contemplación.

Se está redescubriendo la entrañabilidad del hogar. Incluso las parejas jóvenes, ex propensas a salir en grupo a probar restaurantes y acabar con copas en los lugares de moda, se están tirando a las cenas de matrimonio, pero sucesivamente en cada casa, degustando el socorrido solomillo a la pimienta que se prepara allí mismo o una pizza por encargo y llenando las horas a base de ji-ji, ja-ja y juegos de mucha diversión, tanto en su modalidad de videojuegos como en la clásica de juegos de mesa. El karaoke doméstico ha sido todo un hallazgo. Salva cualquier velada.

La vorágine de las rebajas de estos días puede dar una imagen distinta, pero la realidad es que la restauración ha caído y los restauradores están ofreciendo menús más ajustados, para no caer más. Como la afluencia turística, la compra de automóviles y ropa, y la de electrodomésticos. Los cines tampoco se salvan. Languidecen de pena. Se ven los dvd, alquilados o pirateados, en casa, y se ve más televisión, como queda dicho. Hogar, dulce hogar. La crisis lo está resucitando. La familia no se acaba, hermanos.

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