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La esquina

José Aguilar

jaguilar@grupojoly.com

Rufián humilla a Sánchez

Antes los líderes tardaban años en rectificar, a veces meses, pero Sánchez cambia en horas: un nuevo récord

Que la estabilidad del Gobierno de España dependa del humor de un individuo de la catadura de Gabriel Rufián lo dice todo sobre los tiempos que vivimos. Se plantó en La Moncloa y amenazó a Pedro Sánchez con tumbarle, en verano, los presupuestos del Estado si no aceptaba, en invierno, reunirse con Quim Torra y abrir las negociaciones prometidas en el acuerdo de su investidura.

Amenaza con efecto inmediato: habrá encuentro con el inhabilitado que repite que él de lo que va a hablar con Sánchez es de la amnistía de los presos y la autodeterminación de Cataluña, y habrá mesa negociadora. Un nuevo récord personal del actual presidente del Gobierno en materia de valor -más bien, desvalor- de la palabra dada. Otros líderes, quizás todos, tardaban años en rectificar. Como poco, empleaban meses en desdecirse. Sánchez ha pisado a fondo el acelerador de las mutaciones. Se fabricaba una rectificación en semanas o días. El jueves cambió en unas seis horas. A mediodía se suspendía la constitución de la mesa negociadora del llamado conflicto, por la tarde se restablecía. Con el futuro en manos de un prófugo, un preso y un inhabilitado, no es extraño que un delegado de tercer nivel te humille sin disimulo. Especialmente cuando el fugitivo, el prisionero y el president menguante (otro innovador en la Europa contemporánea: no disuelve el Parlament y convoca elecciones anticipadas, sino que anuncia que lo hará, como en una disolución en diferido) no pierden ocasión de advertir que volverán a hacer aquello que los llevó al exilio, la cárcel y la pérdida del escaño. Está claro que no lo van a hacer, pero la bravata revela su condición y desvela que el Gobierno de la nación pende de un hilo desde antes de formarse.

A que ese hilo no se rompa se orientan todos los movimientos y gestos de Sánchez, que sabe que ahí está su talón de Aquiles y no en la convivencia con un Iglesias domesticado en su versión de socialdemócrata nada radical. Incluyendo los obviamente peligrosos, como la reforma del Código Penal para sacar a la calle a los sediciosos presos -¡qué risa el ministro de Justicia sugiriendo que las penas pueden aumentar!-, la llamada desjudicialización de la política, el dedazo de la Fiscal General del Estado y la cumbre, en el Palau, con un títere condenado por desobediencia que ha dejado de ser diputado y se dispone a dejar de ser presidente, a consagrarse como la marioneta que manejan desde Bruselas.

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