Por verle a todo esto algo bueno -dijo, animoso-, ahora, tu agenda de marzo se va a llenar de espacios en blanco. Te hace falta descansar". Y añadió: "Con esta crisis, el ruido que hace el mundo bajará su volumen". Asentí en silencio. In illo tempore (hará una semana y pico), cuando un colega me decía estas cosas, el virus aún no había comenzado a carcomer la economía ni el nervio de la ciudad, sus efectos parecían contenibles. Simplemente me habían cancelado una conferencia en Italia. "Menos ruido y todo un poco más lento… -dije para mí-. Quizá nos sirva para ser conscientes de todo, prepararnos para lo que venga, escuchar a quienes saben y actuar lo mejor posible. Nos apretaremos (mucho) el cinturón, pero al menos tendremos más silencio". Fue entonces cuando llegó el ruido. Ruido de emisoras donde dan por sentado (sin tener evidencias) que en Sevilla, como hace calor, no va a pasar nada; estrépito de carros de la compra; desconvocatorias. En la radio, han cambiado los anuncios de viajes con niños gratis por seguros de decesos. Las redes chirrían. Los medios tienen la responsabilidad de no afirmar nada que no se sepa a ciencia cierta, de reflexionar con calma y de llamar a la responsabilidad de cada cual y a la solidaridad, pero nada: no cesan de repetirse imágenes distópicas de gente con mascarilla -aún no he visto a nadie así por la calle-, ni los mantras de Pero Grullo, ni las falsedades, ni de tirarse unos a otros a la cabeza los trastos ideológicos de siempre. Demasiado ruido.

Me pregunto si Sevilla y los sevillanos estamos a la altura de las circunstancias. Capacidad no nos falta, desde luego. Pero declaraciones como las del otro día de Juan Espadas -que entonó algo así con un para que yo pare la Semana Santa va a tener que venir el de la OMS a convencerme- nos han sacado los colores. Como me los ha sacado ver ayer en el súper a un señor metiéndose muchos botes de salchichas en el cinturón, en plan canana, y en los bolsillos y el chaleco, con tal de no tocar el manoseado carrito de la compra. La pandemia y sus efectos no dejará el mundo tal cual estaba, quizá sea el momento de entender que ser ciudad de servicios y dependiente en gran medida del turismo es pan para ayer y hambre para hoy. Amainará el ruido, y quizá tengamos ocasión de pensar y priorizar.

Mientras, continúo creyendo, fidelísima, en la responsabilidad y la solidaridad de los sevillanos. Entre tanto estrépito, la otra noche apuraba la última con las amigas en una famosa tasquita de Triana cuando, de súbito, el tabernero comenzó a entonar el bella ciao. Se sumó el camarero que recogía los veladores, y se sumaron los parroquianos. La cantiñearon como un gesto de ánimo a los hermanos de Italia. Hay muchas formas de abrazar, y esta fue una de ellas. Esa Sevilla, rítmica y silenciosa, continúe viva bajo la espesa capa de ensimismamiento y ruido. Nos va a hacer falta.

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