la ciudad y los días

Carlos Colón

Sagrario vacío

DECÍA ayer que el genio de Ruiz Gijón, el maestro de las agonías, convirtió en un paso ese pavoroso y a la vez tierno combate entre el Dios triunfante y el Jesús sufriente que es el Señor del Gran Poder. Desdoblándolo en un combate horizontal entre las representaciones del Antiguo y el Nuevo Testamento y un combate vertical entre el paso y el Señor.

Intuyó Ruiz Gijón la dialéctica sagrada: el Antiguo Testamento es la tesis, la Pasión es la antítesis y la Resurrección es la síntesis. Por eso el Señor pide paso con tanta fuerza; y el paso, como si fuera una criatura obediente a su dueño, parece buscarlo cuando en la noche del Martes Santo cruza la Basílica hasta ponerse mansamente a los pies del altar para recibirlo.

Combaten horizontalmente, en el canasto, la gloria de Yahvé y la humillación del Nazareno. En las esquinas, inscritas en las águilas bicéfalas que simbolizan al del Rey de Reyes que reina sobre los que reinan, Ruiz Gijón esculpió a Sansón derribando las columnas del templo (la justicia de Dios), el embarque de los animales en el Arca de Noé (la cólera de Dios), Moisés haciendo brotar agua de la roca (la misericordia de Dios) y -único episodio del Nuevo Testamento- el regreso del hijo pródigo (la ternura de Dios). En el frente, la trasera y los costados los enfrentó a la incomprensible Pasión de Dios: el prendimiento, la flagelación, la coronación de espinas y el camino del Calvario.

Combaten verticalmente el paso y el Señor. Altar de un Dios que se ha hecho debilidad humana, trono de un Rey de Reyes convertido en reo, celebración del fracaso de la cruz que tanto pesa sobre quien dice ser Hijo de Dios. Entre el paso y el Gran Poder, en la tierra que el Señor pisa, están todas las lágrimas del Viernes Santo, el llanto del mundo representado por los ángeles pasionistas; dos portando los instrumentos de la muerte y dos con las filacterias paulinas: obediens usque ad mortem y mortem autem crucis. Coronándolo, la ternura de los ojos que todos buscan en la Madrugada con miradas que parecen manos de náufragos tendidas a un asidero. ¿Dios obediente hasta la muerte, y muerte de cruz? Locura y escándalo.

El genio de Juan de Mesa fue representar, a la vez, la locura y el escándalo, el poder y el imperio. El genio de Ruiz Gijón fue convertir esa imposible conjunción en su paso. No altar, púlpito es este paso sobre el que se proclama la más pura palabra de Dios jamás esculpida.

Desnudo del Señor, tal y como ahora está expuesto, el paso portentoso es una criatura mutilada, un templo desacralizado, un altar muerto. Un Sagrario abierto y vacío en la tarde de la muerte de Dios.

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