Las dos orillas

José Joaquín León

Salir de la política

SE está llegando a la conclusión de que la política española es una merienda de negros, de la que sólo se sale cuando te pillan. Se conocen tantos casos de presuntos que se tiende a generalizar. Y luego están los tránsfugas, que cambian de partido como quien lo hace de chaqueta; y se ponen unas chaquetas de plena moda, que les regalan los mismos que se lo critican a los rivales. Pero todos y todas no son así. De vez en cuando lo decía María Dolores de Cospedal, que ahora tiene fama de rica. Y también lo llegó a decir Leire Pajín, cuando le hablaban de Benidorm, antes de que la nombraran ministra para dejar el campamento despejado a Iglesias, un socialista con pedigrí incluso en el apellido.

Casi al mismo tiempo que Rafael Velasco dimitía como parlamentario andaluz, en las vísperas de que también lo hiciera como secretario de Organización del PSOE de Andalucía, hubo otro socialista andaluz ilustre que dejó la política activa. No se fue, como Velasco, por las subvenciones generosas a una empresa de su señora esposa. Tampoco se fue con una escandalera por medio. Se fue porque lo quitaron de su cargo, eso sí, para un cambalache que hicieron, aprovechando el relevo en el Gobierno. Se fue a la Universidad, que es donde estaba antes. Y no para acabar ahora su carrera, sino porque este antiguo vicerrector era catedrático de Matemática Aplicada y ahora se ha reincorporado. No ha necesitado que lo degraden a secretario del delegado, sino que se ha ido.

Juan José López Garzón dejó de ser delegado del Gobierno en Andalucía. En ese puesto ya habían intentado colocar a Juan Espadas, pero al final le tocó a Luis García Garrido, y a Espadas lo hicieron senador. Como les sobraba uno, le tocó irse a López Garzón, que salió sin malas maneras. Poco después, convocó una rueda de prensa junto a la puerta de la Universidad, bajo la Fama trompetera de la antigua Fábrica de Tabacos sevillana, para anunciar que volvía a lo suyo y dejaba la política.

Ser delegado del Gobierno en Andalucía ya no es lo que era. Algunos dicen que para delegado del Gobierno ya está el presidente de la Junta, el señor Griñán en este caso. Pero hay que reconocer que López Garzón, con muy buena cara, se ha comido marrones glacés importantes, como el caso de Marta del Castillo, en el que los errores cometidos por otros los asumió él, sin dejar que llegaran más arriba. Su talante responsable, conciliador y educado, su señorío para entendernos, poco tiene que ver con lo que se estila en la política con minúsculas. Como Antonio Pascual, o Antonio Ojeda -por citar dos ilustres del PSOE que dejaron la política activa en su día-, era un lujo entre tanto mindundi. Que López Garzón se iría estaba claro, aunque parece que ni lo han notado.

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