ismael Yebra

San Manuel Rico Mártir

NO son muchos los españoles pertenecientes a esa tercera vía ajena a las otras dos que siempre están dispuestas a helarnos el corazón. Por eso sus pérdidas son más lamentables. Manuel Rico Lara era uno de ellos. Persona conversadora, amante de las letras y las artes, formaba parte del paisaje de nuestra ciudad cuando de exposiciones, conciertos o manifestaciones culturales se trataba. Su imagen con gorra, perilla, gafas redondas, ropa de aspecto joven a pesar de su edad… todo en él delataba una persona libre, exenta de prejuicios y amante de las libertades.

Su llegada a Sevilla hace unas décadas como juez de familia, le hizo conectar inmediatamente con los sectores culturales de la ciudad. Tal vez hubiese sido más acertado el destino si le hubiera hecho llegar a Cádiz, ciudad que gusta de hacerse llamar cuna de la libertad. Pero el destino no falló en el espacio, sino en el tiempo. Más lógico hubiera sido que viviera dos siglos antes, aunque le habrían tildado de afrancesado. Nuestro país parece estar condenado a que no haya más que dos maneras de entenderlo.

Desde su puesto en la trinchera por las libertades, Rico Lara fue un modelo de eficacia en su actividad profesional y una mente con gran sentido de la cordura, ambos bienes muy escasos en España. Bajo el prisma de la expresión cultural llenó su vida de iconos que guiaron gran parte de sus actividades extraprofesionales. Personajes como Carlos III, la condesa de Chinchón (a la que consideraba su amor platónico), Pablo de Olavide (prototipo de reformador imposible de la Sevilla de siempre), Gaspar Melchor de Jovellanos (cuya vida tuvo en muchos aspectos un gran paralelismo con la suya), son sólo algunos de los protagonistas que marcaron su vida. Ferviente lector de Borges, últimamente estaba inmerso en el estudio del Cádiz de la Constitución, a la que se negaba a llamar "la Pepa" por ser un tono familiar y algo despectivo, o en el personaje de Maquiavelo y su visión del mundo y de la política. Hace poco me pidió que le ayudara a descifrar el informe de la autopsia del cuerpo de Napoleón Bonaparte realizada por el doctor Francisco Antommarchi.

Manuel Rico Lara era un hombre de la Ilustración en pleno siglo XXI. Un filántropo sensible a las manifestaciones culturales y estéticas y, sobre todo, un hombre bueno, amigo fiel y luchador nato. Disponía de amistades por toda España y de una gran dignidad profesional y personal, lo que, sin duda, actuaba en su contra para acceder a ciertos cargos. Su sentido ético y su mente libre e insobornable podrían resultar incómodos a ciertos mequetrefes. Creo que el destino, al menos en esto, sí acertó. Manuel (nunca me gustó decirle Manolo como a él no le gustaba llamar de otro modo a la Constitución de 1812) fue más feliz asistiendo a los conciertos de la Orquesta Barroca de Sevilla, a las exposiciones de sus amigos en la Carbonería o en cualquiera de las otras salas de la ciudad. Los martes acudía a las reuniones de Cuadernos de Roldán, las mañanas de los sábados las aprovechaba para ir a las librerías de viejo o visitar las tiendas de sus amigos artesanos, galeristas, ceramistas… Esa otra toda Sevilla -¡otra más!- que convive con la autodenominada oficial o, mejor dicho, que se soportan mutuamente.

El paisaje de Sevilla queda huérfano de uno de sus habitantes más queridos. Aunque los sevillanos confundimos con demasiada frecuencia el rábano con las hojas, afortunadamente hay personajes importantes más allá del mundo de la farándula, los deportes o las actividades folclóricas. Lo que ocurre es que éstos suelen hacen mucho menos ruido. Mientras unos se la dan de graciosos y creen ser guardianes de las esencias hispalenses, otros se pasan la vida trabajando por los demás y suelen morir alejados del histrionismo, olvidados y en silencio.

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