Cuchillo sin filo

Francisco Correal

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Sectarios

Estos cuatro religiosos comparten con Lorca el trágico final del sinsentido de la guerra incivil

Magnificat es una publicación de periodicidad mensual que ofrece los textos comentados del Evangelio y las Escrituras. Aunque va dirigida para un público creyente, quien no lo sea puede disfrutar de las portadas, la del mes de febrero es de un cuadro de Fra Angélico, o de referentes de la poesía española clásica y contemporánea. En el mes de enero, por ejemplo, figuraban textos de Góngora, Lope de Vega, Fray Luis de León, Santa Teresa de Jesús, Manuel Machado, Luis Rosales o la premio Nobel de Literatura Gabriela Mistral. Juan Manuel de Prada hace la reseña de un libro. Cada día concluye con la biografía de los santos: desde mártires de Nerón o de Hitler a religiosos españoles asesinados durante la Guerra Civil.

En enero han aparecido doce sinopsis biográficas de estos últimos. Me refiero a ellas porque en España se ha trazado una línea ideológica en función de la cual parece que en aquel conflicto sólo hubo víctimas de un bando. El actor Juan Diego Botto está de gira con una obra sobre las últimas horas de Federico García Lorca, un mártir de la cultura universal en una contienda fratricida que se inicia con una rebelión militar el 18 de julio de 1936, festividad de San Federico. Entre los mártires que aparecen el mes de enero en Magnificat figuran cuatro religiosos que murieron asesinados el mismo 18 de agosto que un pelotón de sicarios acabó con la vida del poeta y dramaturgo de la generación del 27. Celestino José Alonso Villar nació en Cangas de Onís, vivió los estragos de la revolución de Asturias y en agosto del 36 fue apresado y obligado a trabajos de reconstrucción de un puente. Santiago Franco Mayo, leonés de Santa María del Páramo, era siete años más joven que Lorca. Estudió Filosofía. Murió en la misma saca que el padre Villar. A Gregorio Díez Pérez lo asesinaron con 26 años. Natural de Gozón de Ucieza (Palencia), estudió Filosofía y se dedicó a la enseñanza de la Historia. Abilio Saiz López trabajaba de carpintero en Montejo de Bricia, el pueblo burgalés donde nació en 1894. Tomó el hábito en 1931 y sirvió a su comunidad religiosa como cocinero y encargado del ganado. El 18 de agosto de 1936 murió con 42 años.

Estos cuatro religiosos comparten con Federico el trágico final del sinsentido de la guerra incivil. El otro día pasé por la calle Don Remondo. No había nadie. Volví a leer una vez más la placa que recuerda a Alberto y Ascen. En Madrid se ha estrenado una obra de teatro sobre la matanza de abogados de la calle Atocha. Un crimen espantoso que puso a prueba la responsabilidad del Partido Comunista en su forma de administrar el dolor con justicia pero sin revanchas. Sinceramente, no encuentro ninguna diferencia en el horror de aquel crimen de enero de 1977 en un bufete de abogados de Madrid y el de enero de 1998 a dos pasos de la Giralda de Sevilla. Fernández Cerrá, Lerdo de Tejada y García Juliá, los verdugos de los abogados, son intercambiables con los etarras Martín Barrios y Mikel Azurmendi. Pero este estreno teatral me temo que se hará esperar.

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