La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

Sede vacante en la Policía Local

El problema de la Policía Local no se arregla con un jefe máximo procedente de la Guardia Civil

Al superteniente Cabrera, que es el concejal de Gobernación y Fiestas Mayores, le han dado el 2 de septiembre la alegría de su exculpación en el delicado asunto del taxi, lo que demuestra que el fallo estaba listo a finales de julio, pero a la Justicia le importa poco eso de facilitar la tranquilidad cuanto antes a los reos. Al menos a Cabrera le ha servido de bálsamo después de tantos sinsabores, muchos de ellos vividos dentro de su propio partido, porque no puede decir que la oposición le apriete mucho las tuercas. Diríase que el edil Juan Carlos tiene más fluidez con muchos compañeros de banca a su derecha que a su izquierda. El problema del exculpado Cabrera es ahora otro: cubrir la sede vacante de la jefatura de la Policía Local. Pablo Ruiz-Berdejo anunció su dimisión en agosto, con pretendido silenciador, fiel al carácter demostrados en los tres años de ejercicio en el cargo. Se ha querido ir sin hacer ruido, lo cual es loable. Sí ha hecho una leve alusión a las piedras en el camino que le han querido poner algunos. Los de siempre. Los matracas del sindicato de marras. No es un problema exclusivo de Sevilla. Todos los alcaldes de España sufren periódicamente las reivindicaciones (a veces hasta chantajes en fechas especialmente claves) de determinados representantes de los cuerpos de seguridad locales. El concepto de autoridad está a la baja. En todas las grandes ciudades se aprecian agentes educados, diligentes y ejemplares, como se sufren los aprendices de matones, con las gafas elevadas sobre la frente y que atienden con desdén al ciudadano. El nuevo jefe no resolverá los problemas de la Policía Local, que para el sindicato siempre será el del déficit de plazas. El problema de la Policía Local se parece al del taxi. Necesita afrontar el reto del esmero, de mejorar la imagen ante el ciudadano, de ganar en prestigio. Que se diga ahí viene un policía local y sea sinónimo de autoridad bien ejercida, de comportamiento modélico, de imposición de respeto con su sola presencia. Eso es cuestión de formación, de tiempo, de concienciación. No de jefes colocados por encima de la pirámide por muy tenientes coroneles de la Guardia Civil que sean. No se le puede exigir al jefe dimitido ni al próximo lo que es un imposible. Por el momento, el superteniente Cabrera puede celebrar su exculpación. Pronto se dará cuenta de que las alegrías en política duran un cuarto de hora, el tiempo de una cerveza con cacahuetes. Y que no falten los problemas, ni la cerveza, ni el jamón de mono. Las cáscaras, por cierto, al plato. Nunca al suelo. Que luego hay que barrer. Ojú, Lipasam.

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