Cuchillo sin filo

francisco Correal

Semiótica

En la cuarta jornada cayó Pako Ayestarán; en la quinta, Paco Jémez y en la sexta ha caído Pedro Sánchez. Todavía no era entrenador y ya se sentía seleccionador con los vítores de las barras bravas. Lo singular es que ha tenido que dejar el banquillo por los autogoles de su propio equipo, como el que se marcaba un delantero en un relato de Rafael Azcona o el gol que marcó en su portería en señal de protesta mi amigo Pepe Arenzana.

En esa progesión geométrica hacia el desastre, en su cohorte siempre había alguien que decía aquello de jugamos como nunca y perdimos como siempre. En la política, a veces, los silencios se oyen más que los ruidos y ahora en la mesa de los analistas hay dos silencios que son pura semiótica: los del PP y los de Podemos. Corren la banda a derecha e izquierda como dos jueces de línea observando con estupor el espectáculo de la autodestrucción con tres pinchazos sucesivos en los comicios de diciembre de 2015, los de junio de 2016 y los autonómicos vasco y gallego de septiembre. Banderillas de invierno, verano y las de la puntilla en el otoño entrante. En el cuadrante de Vivaldi, a Pedro Sánchez sólo le faltó la consagración de la primavera para completar las cuatro estaciones en su particular tarde de Varennes.

Al inédito seleccionador lo jalearon a la entrada de la ciudad deportiva de Ferraz sus incondicionales, que vistieron de limpio a quienes perpetraron la caída del pedestal del líder prístino e inmaculado. Tú también, Bruto… Esos abucheos entre socialistas se han convertido en uno de los episodios más lamentables de la política española de los últimos tiempos.

Un país con un Gobierno y una oposición en funciones, una Barataria delimitada entre Andorra y Gibraltar en la que la altura intelectual de los herederos de Besteiro y Fernando de los Ríos, de Gómez Llorente y Pecres-Barba ha convertido a las Campos, madre e hija, en epígonos de Virginia Wolf y Simone de Beauvoir.

El sábado, Pedro Sánchez era duda para el domingo. Su portero seguía encajando goles de sus propios delanteros ante la atónita mirada de sus adversarios, los que lo querían uno de presidente y otro de vicepresidente. Es lo malo de que te guste el básket, que en el éxtasis de los triples no tienes noción de las zancadillas.

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