alto y claro

José Antonio Carrizosa

Sensatez

SI se aplican la dosis convenientes de sensatez y sentido común, dos virtudes que en estos tiempos no brillan especialmente, es fácil que se avance en la solución de los problemas por más enquistados que estén. Reconforta que en medio de una España y de una Sevilla donde los disparates de unos y otros nos han llevado a la situación terminal en la que nos encontramos, se vean todavía muestras de que las cosas, por complicadas que parezcan, son abordables desde la lógica y que, como resultado, se les pueden encontrar caminos de salida. Es la sensación que había tras la tensa madrugada del jueves al viernes en Bruselas con el órdago de España e Italia a las aspiraciones excluyentes y casi totalitarias de Alemania con respecto al euro y era, a escala local, la que había en Sevilla al conocerse el miércoles la solución que se había logrado dar al asunto del rascacielos de la Cartuja y la Unesco.

Sensatez y sentido común fueron las recetas que Juan Ignacio Zoido aplicó en San Petersburgo a este desdichado asunto. Las cosas le salieron bien y cuando a un alcalde las cosas le salen bien, se beneficia su ciudad. Empezar la torre que se han enseñoreado ya de todo el cielo de Sevilla es uno de los mayores desatinos que se han cometido en los últimos años en esta ciudad y la lista, como a ustedes no se les oculta, no es menor. Un desatino por innecesario en unos tiempos como los que padecemos en los que falta dinero y sobra de casi todo lo demás, incluido suelo para oficinas. También por inapropiado en una ciudad que no aspira ni aspirará a centro internacional de negocios, sino a defender sus valores patrimoniales y culturales. Pero si fue una insensatez poner la primera piedra, pararlo o derribarlo a estas alturas hubiera sido todavía peor. La amenaza de la Unesco de retirar al conjunto monumental la etiqueta de Patrimonio de la Humanidad era un coste menor, por más que aquí lo hayamos querido magnificar hasta el extremo.

Bien está lo que bien acaba y ahora lo que hay que hacer es centrar la agenda de la ciudad en otras cuestiones más importantes y en hacer una gestión eficaz desde el Ayuntamiento que contribuya a aliviar a una Sevilla que se desangra de iniciativas, de empresas y de impulsos. El rascacielos, que se termine y que su nuevo propietario, la Caixabank que se ha comido a Cajasol, lo ponga en valor para beneficio propio y de todos. Con un hotel por arriba y oficinas y comercios por abajo o como sea, y que ya que está ahí que se aproveche.

Como de todo lo que ocurre en la vida, de esto también conviene sacar algunas enseñanzas. Vaya una primera: jugar con el prestigio de una ciudad como Sevilla por motivos políticos es es hacerlo con las cosas de comer, y el alcalde lo ha comprobado en carne propia. Y la segunda: Zoido ha vuelto a demostrar que es un político hábil y con instinto, dispuesto a buscar lucimiento allí donde lo intuya. Por lo demás, sin novedad en Sevilla.

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