La tribuna

manuel / bustos / rodríguez

Separatismos

A medida que pasa el tiempo, sin estupor, vemos el progreso independentista. No es sólo Cataluña: estamos ya acostumbrados; ni tan siquiera el País Vasco, hoy más calmo, pero amenazador cara al futuro. Es también Navarra, donde el anexionismo etarra avanza y, en un plazo no largo, manejando los medios culturales y educativos, puede irse consolidando la misma desafección a España. Y qué decir del crecimiento procatalanista en Valencia. Estos dos casos son ejemplos de fagocitación territorial separatista para ampliar el espacio vital de sus futuras naciones.

Los riesgos de contaminación en otras regiones son ciertos. Sobre todo si la debilidad del Estado, de los ideales de unidad y de los partidos nacionales continúa persistiendo. Sin duda asistiremos al deterioro de una situación muy grave, que debiera recabar sumas vigilancia y decisión en quienes toca actuar. Ante la ofensiva separatista, no parece existir nadie capaz de contrarrestarla. Al contrario, se sigue engordando el monstruo con derramas económicas y concesiones, buscando saciar al insaciable. Mientras, no se acatan las reglas del juego constitucional, ni las leyes parecen afectar a las comunidades con ínsulas segregacionistas. Y si la cosa se les pone complicada, se buscan triquiñuelas.

Se trata de una cuestión difícil, de un verdadero reto, que ni Gobierno, ni partidos nacionales ni el Rey parecen querer afrontar, en tanto cunde la indiferencia y el aburrimiento entre la ciudadanía. Esto anima aún más la inacción.

Surgen, iniciativas encomiables, aunque insuficientes, en la sociedad civil. Mucho se confía en partidos que, como Ciudadanos, puedan, desde su propia región, sacar las castañas del fuego. Pero no se debe fiar la suerte de toda una nación a la de un partido; se trata de un asunto de Estado del más alto nivel. Hay responsabilidad del Gobierno y de las grandes formaciones, si bien ninguno muestra intención de mojarse a pocos meses de las elecciones.

El socialismo mantiene una posición ambigua, quizás por evitar una mayor fisura entre sus militantes o porque nunca tuvo clara su idea de España. Lo del Estado federal no deja de ser una entelequia, tras los progresos alcanzados por la opción separatista. En los grupos más a la izquierda no existe sentido de pertenencia a un país llamado España, con una tradición e historia comunes, cuya unidad merece la pena defender. Han sido educados en la idea de que la patria es una creación fascista. Y tampoco hay una fuerza capaz de impulsar el sentido nacional.

Con estos mimbres, ¿qué cesto puede salir? Los separatistas conocen la situación y no dudan en aprovecharse de la debilidad para apostar fuerte, no vaya a ser que el contrario cobre fuerzas y ponga coto a su osadía. De momento parece que esto no ocurrirá: sus contrincantes esconden la cabeza, miran para otro lado, rebajan la importancia del problema o confían en su disolución. Europa, donde los retos son grandes, apenas moverá un dedo, al considerarlo un asunto interno. Dudo que se resista, llegado el caso, a admitir estados de reciente creación. Y si confiamos al paso del tiempo la solución, ¿acaso no podría empeorar?

Tal vez el acelerado proceso haga insostenible la situación y nos hallemos sin quererlo inmersos en una especie de peligrosa balcanización al sur de Europa. O quizás las contradicciones internas estallen y nos veamos abocados a una mala salida. Comprendo que los medios de comunicación se afanen en quitar hierro al asunto. El sentido de la responsabilidad de tertulianos y periodistas es comprensible. Hay experiencias muy negativas en el pasado al respecto. Es bueno que las encuestas apunten a un debilitamiento transitorio del voto nacionalista, pero se trata del chocolate del loro. El separatismo tiene un fuerte componente de irracionalidad y está guiado por la confianza en la victoria final; los aparatos que forman la conciencia de los ciudadanos en territorio nacionalista siguen en manos de los mismos. ¿Cuánto se tardará en aumentar el número de los desafectos a España?

Hay que actuar con prudencia, pero a la vez con firmeza. La Constitución y la ley están para ser cumplidas; de lo contrario ha de actuar el poder coercitivo del Estado, representante de la soberanía nacional. Si no se quiere o no se tiene valor suficiente, cedamos y a gritar delenda est Hispania. Adiós a la vieja nación que nuestros antepasados lucharon por conservar, desentendámonos del bien común que es la unidad, de su fortaleza, y demos paso a la demolición de un país antaño grande que hizo cosas importantes unido. Si lo creemos posible sin grave coste, adelante; si no, atengámonos sin quejas a las consecuencias.

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