¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Servicio limitado

Habría que pensar cómo nos llevamos de la Avenida de la Constitución la Catedral y el Archivo de Indias

Ha vuelto a ocurrir: la voz enlatada del tranvía anuncia que el servicio está restringido (dan ganas de escribir estreñido) a la Puerta de Jerez. Junto a nosotros viaja un fantasma del pasado, uno de esos quinquis que ya apenas se ven en algunas de calles de Jerez o la Bahía, con su pelo a lo Bee Gees y el peine asomando del bolsillo del Lois. Tiene todos los estigmas de quien tutea a la heroína y se queja con la razón que asiste a los santos inocentes: "¿quién nos paga ahora el billete?" El segurita, un amable armario que no tiene culpa de nada, se encoge de hombros y pone cara de "yo soy un mandado"; no lo dice -y eso le honra-, pero es evidente que lo piensa. Alguna voz veterana dice "poca vergüenza" y los guiris se miran unos a otros sin entender nada. Mientras tanto, la grabación humanoide ni siquiera pide disculpas, se limita a repetir en bucle el anuncio, insensible a las angustias del pasaje. Hay que afrontarlo, nos queda por delante la raya de la Avenida. Nos consolamos pensando que: 1) no somos un anciano, 2) no sufrimos una discapacidad y 3) no estamos en plena ola de calor.

Comenzamos la malandanza entre naranjos enanos, atascos de peatones, ciclistas indignados y cómicos callejeros. Entre éstos, unos que se ganan el óbolo asustando a los transeúntes, algo que le parece muy gracioso a un corro de turistas y aborígenes que se ríen a mandíbula batiente cada vez que los payasos consiguen sobresaltar a algún tranquilo ciudadano que, absorto en sus pensamientos y fantasías, no se había coscado de la jugada. Por la risa del populacho parece que el mismísimo Chiquito de la Calzada hubiese resucitado y estuviese haciendo el condemor. Pero no, lo único que hay es una persona humillada y al borde del infarto. La gran Avenida moderna y cosmopolita que soñó Monteseirín es en realidad una pista de aterrizaje de gañanes. Habría que pensar cómo nos llevamos de allí la Catedral y el Archivo de Indias. Los edificios regionalistas e historicistas, petisús arquitectónicos al fin y al cabo, los podemos dejar como decorado.

Cuando llegamos a la Plaza Nueva la voz-robot del tranvía sigue sonando en la estación para avisar de la limitación del trayecto. Debe estar informando a las palomas que descansan en la testa coronada de San Fernando, porque el apeadero está completamente vacío. Entonces recordamos que el alcalde Espadas ha vuelto a insistir en estos días en el proyecto de llevar el tranvía hasta Santa Justa. Al parecer, no basta con el actual desastre y quiere ampliarlo. Se cumple así una de las máximas de Sevilla desde los tiempos de Utrera Molina: "Fagamos cualquier proyecto que nos tomen por locos o memos, pero que no sea el Metro. Eso nunca, por favor, no vaya a salir bien".

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