La tribuna

javier Ros Pardo

Desde Sevilla a Barcelona... con amor

QUÉ vale más: un estado realmente democrático, culto, solidario y digno, o quince miserables y peleados reinos de "taifas"? Quiero decir que una España o una Cataluña comandadas por caciques igual de inútiles serán dos… o quince miserias iguales. ¡Qué alegría para algunos!

Los de mi quinta aprendimos a amar a Barcelona desde pequeñitos. De allá venían los tebeos y novelas ilustradas de Bruguera que traían implícitamente un espíritu de modernidad que nos cautivaba.

En Sevilla, cuando los catalanes embarcaban para Argentina en el Muelle de la Sal, se oía decir: "Donde vayan, pronto se conocerá la prosperidad". Su espíritu emprendedor, su capacidad para crear riqueza y su actitud abierta hacia la modernidad fueron señas de identidad suyas desde antiguo.

Si usamos la producción bibliográfica y científica como indicador cultural relevante, Barcelona hizo desde antiguo méritos para ser reconocida como la ciudad más culta de España. En ella la Lengua Española es un factor económico de primer orden: más de cuatrocientas mil personas trabajan haciendo libros y revistas en español. Hasta ahora eso fue así, no sabemos por cuánto tiempo.

Normalizar el bilingüismo y aceptar el uso del catalán y del euskera en la bibliografía científica no está reñido con un sano españolismo. He ahí la gran confusión. Nuestra variedad lingüística no es una tara, es una riqueza. En París, Chicago o Sidney conviven personas de más de setenta nacionalidades distintas y eso no constituye un drama.

Cuando una tribu piensa que más allá de la empalizada que la separa del resto del mundo la salvación no existe, y demoniza lo exterior como causa de sus males, nos encontramos ante ese tipo de histeria colectiva que caracteriza a los nacionalismos apocalípticos. La razón dejó paso a la pasión ciega. Los términos del debate político, la interpretación de la historia, el victimismo más rancio y el análisis de la realidad han envilecido la cuestión catalana y vasca hasta el límite. Habrá que revisar conceptos y otear salidas.

Cuando en un lugar surge un conflicto horroroso y dejamos que lo arregle lo peor de cada casa, el futuro ya está escrito. Habrá que abandonarlo o cambiar los interlocutores, las reglas del juego y la contabilidad; y luego en su casa que cada uno haga lo que quiera.

Si el Ayuntamiento de Bilbao se reconoció como el más transparente del mundo, algo habrá que copiar de él. Si la organización de las cooperativas brilla más en el País Vasco que en ninguna otra parte, pediría en ese sentido la euskaldunización de España entera, asumiendo sus mejores virtudes y habilidades como ya lo hicimos con la tortilla de patatas, igual que se españolizó la peseta nacida en Barcelona.

Desde fuera nos miran con lupa: Cataluña y Euskadi quieren irse; España, gracias a su mala gobernanza, se descuartiza; Francia se frota las manos de alegría, y Angela Merkel nos reclama prepotente trescientos cincuenta mil médicos, ingenieros y cuadros técnicos ya criados, preparados y seleccionados para que no se pare su maquinaria productiva, mientras allí ella nos pone de gandules...

Para regenerar nuestra sociedad hay que reconciliar ética con el gobierno del estado, y poner su servicio a las personas honestas y capacitadas que hasta ahora callaban por pudor. Habrá que renovar el manual de instrucciones, definir qué proyecto de estado queremos y planificarlo. Hasta que eso no suceda, no hay esperanza alguna para nadie. A partir de ahí habría que repensar a Cataluña, a Euskadi y a España entera. Si ellas dicen que no soportan lo que ahora emana de Madrid, ya es hora de decir alto y claro que nosotros tampoco.

Si Cataluña y Euskadi fueran capaces de diseñar modelo de Estado en verdad enamorante, lo racional no sería la secesión, sino adherirnos a su causa. ¡Con amor todo se consigue, oiga! La tarea sería mejorar el conjunto sumando lo mejor de cada una de las partes. Eso hay que hacerlo porque nuestra atribulada Hispania (nombre que dieron los romanos a las tierras de Tarragona) ya no puede más.

Niñ@s: la expulsión de los judíos fue uno de los errores más graves e infames de nuestra historia. La pérdida de Cataluña y de sus valores culturales sería otro de similar calibre. Como español yo no quiero perderla, y esa cuestión nadie nos la ha preguntado.

El tema de este diálogo para besugos es el derecho a la soberanía. Lamento comunicaros que hace tiempo que la perdimos en manos de los grandes lobbies y oligarquías financieras que ahora operan desde Bruselas, Nueva York, Suiza y los paraísos fiscales. El independentismo es una estúpida discusión de conejos mientras una invisible manada de galgos y podencos se nos viene encima en silencio para devorarnos a todos. ¿Es que todavía no os habéis dado cuenta?

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