Sevilla la llana y olé, tiene una cumbre. La del turismo -que han llamado con siglas, al gusto gringo, WTTC-. En Fibes se han juntado los grandes del negocio; por supuesto, los representantes del pueblo de Sevilla, Andalucía y España han pasado a saludarles. Hubiera quedado más auténtico -genuino sabor local, you know- que se hubieran citado en la calle Sierpes, a la puerta del Mercantil, que es en donde de siempre aquí se han cerrado los tratos. La sevillanía de a pie nos lo hemos pasado bomba imaginándonos a Obama entre los vivos y mortales, preguntando en el Umbrete si ya tienen caracoles o sacando el capirote del altillo. Sentimos entonces un poquito de compasión por él, pues no puede ni siquiera intuir la verdad del lugar, y también un orgullo íntimo por la vida pequeña, cotidiana y variopinta, de esta ciudad.

Pero Sevilla la llana también quiere ser cumbre. Un ochomil del turismo. 3.000 millones, dicen que van a soltar en Andalucía los líderes del sector. Como diría mi abuela, tanta amabilidad me confunde. Mucho me temo que Sevilla corre el riesgo de convertirse en una de esas ciudades históricas que atrofian su vida, y se convierten en parques temáticos. "Venecia no existe", me informa el profesor Mario Cardona, que nació y vive allí. A la loba o la puta que amamantó a Rómulo y Remo sólo es posible avistarla en algún callejón romano a altas horas de la madrugada. Y qué pesados son los mercaderes y guías espontáneos de Fez, ¿se han preguntado por qué? En Sevilla, en pocos años hemos sentido en carnes el claro avance de la turistización -es decir, del impacto de la masificación turística en el tejido comercial y social- no sólo en el centro, también en los barrios. O lo que es lo mismo, estamos siendo testigos del retroceso de la vida de la ciudad, que es, sin duda, más fresca, libre y sincera que la que acarrea el modelo londonizado. (Curioso: quienes exigen a los inmigrantes que se adapten a hierro a nuestros usos y costumbres, suelen ser los primeros en amoldarse a los horarios y gustos de los turistas). Más que a perder la esencia la turistización aboca a una falsificación de los lugares, sin que de ello sea posible sacar a la larga ninguna modernización ni provecho para la comunidad.

Cerrarse al turismo internacional sería obtuso. Entregarse a él y convertirlo en el centro de la economía y la política puede ser devastador. ¿En qué punto está Andalucía? Que la vicepresidencia ostente las competencias de turismo nos da alguna pista. ¿Y Sevilla? Pasear por el centro y algunos barrios es constatar que en cada vez más sitios no podemos ni queremos ni comprar un pepino ni pedir una cerveza. El ejercicio diario de contestación y resistencia será continuar viviendo de veras y como se pueda.

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