Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

Sevilla y el dinosaurio

La situación de la limpiza pública en sevilla refleja, mejor que otras cosas, cómo se gobierna la ciudad

Cuando la ciudad entró en el obligado letargo que le impuso la pandemia, allá por marzo de 2020, había varios problemas que estaban marcando el segundo mandato de Juan Espadas al frente de la Alcaldía: el primero era la mala planificación de un modelo turístico que condenaba a Sevilla a ser un destino barato y poco competitivo que había convertido las zonas más nobles y las que nos simbolizan en el mundo en una especie de parque temático en el que el tema era la propia Sevilla. El segundo era la falta de limpieza en la práctica totalidad de la ciudad y especialmente en algunos de sus barrios. Una situación que se eternizaba y que desde el Ayuntamiento sólo se trataba con parches de muy escasa efectividad. Había, sigue y seguirá existiendo, un tercer problema que trasciende de la pura competencia municipal, pero en la que también tiene bastante que ver el gobierno de la ciudad: tenemos las mayores bolsas de miseria que se dan en el entramado urbano de toda España. Año tras año encabezamos, no con uno sino con tres, la lista de los barrios más pobres y con mayores problemas de articulación social de España.

Tras el año y medio en el que la pandemia lo suspendió todo y vivimos en estado de excepción permanente, oficial y real, la ciudad empieza ahora a despertarse y como en el cuento de Augusto Monterroso el dinosaurio todavía está allí. De los tres problemas que hemos enumerado prestémosle un poco de atención al segundo. No porque la limpieza pública sea lo más grave que le pasa a Sevilla. Pero sí porque su estado refleja, mejor que otras cosas, cómo se gobierna una ciudad. Y lo cierto es que la vuelta a la normalidad ha supuesto también la vuelta a unas calles sucias como no se ve en otras ciudades cercanas o lejanas que se puedan codear con la nuestra. Básicamente, la vuelta a las calles ha demostrado que los sevillanos somos tan guarros en la calle como lo éramos antes de que nos encerraran y que Lipasam, la empresa a la que le pagamos con nuestros impuestos para que estén limpias, lo hace tan mal como lo hacía antes de la pandemia.

Sevilla vuelve al punto en que estaba pocos días antes de que todo se pusiera patas arriba. Pero ahora con el agravante de que hemos entrado en una zona de turbulencias políticas en el Ayuntamiento que, lo queramos o no, nos ha metido en una especie de campaña electoral con dos años de adelanto. La ciudad no debería permitirse el lujo de salir perdiendo por el hecho de que el alcalde se haya puesto en situación de interinidad sobrevenida y no haya una alternativa clara a su mando. Pero parece que corremos el riesgo de que sea así, de que Sevilla termine pagando algún que otro plato roto de batallas que le son ajenas.

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