La ventana

Luis Carlos Peris

Sevilla, en la honra a su hijo adoptivo

CIRCULÓ siempre por el planeta de los toros una especie con la que se pretendía quitarle a Sevilla el don de la objetividad. Se insistía en que Sevilla le pedía el carné de identidad a todo coletudo que llegaba a su puerta de cuadrillas y como su ADN no fuese sevillano, cajonazo al canto. De esa forma se ponía en duda el prestigio del primer Templo de Tauro, pero no es así y torero al que el toreo le brotaba por las muñecas directamente del corazón, Sevilla lo admitía como uno de los suyos. Ayer tarde, donde laten sístole y diástole de Triana, ante la morena de calle Pureza, se celebraba un funeral por un torero de Alicante al que Sevilla prohijó. Desde que debutó de novillero, pasando por aquella cumbre del 85 con un toro de Torrestrella y rematando en el homenaje cuando su retirada, Sevilla no sólo no le pidió el DNI sino que lo adoptó como suyo hasta después de muerto.

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