Antonio zoido

Historiador

Sevilla del mal recuerdo

Sería casualidad pero hace unos días dos periódicos publicaban sendos trabajos que tenían por protagonista a Hernando Colón. Uno era el que comentaba en El País un libro reciente y otro, en este diario, un artículo de Tomás García Rodríguez sobre el árbol de la bella sombra escrito con la vieja regla didáctica de enseñar deleitando. Pero no es muy frecuente que la figura del hijo de Colón salga a relucir en esta ciudad y, cuando lo hace, es a cuentas del ejemplar de zapote que quedó de su huerta, vivió hasta hace poco más de un siglo y, tras su tala alevosa, fue rápidamente confundido con el que aún se levanta -porque Jacinto Pellón lo salvó- junto al monumento de su padre en la Cartuja de las Cuevas. Sus casi cuatro siglos de existencia debieron convertirlo en un ejemplar tan imponente como el imaginado por Julio Verne en Los hijos del Capitán Grant, capaz de salvar de la riada a éstos. El de los Humeros atemorizaba al niño Rafael Laffón (Sevilla del buen recuerdo) porque, en la amanecida, lo creía un dragón.

Apenas se habla de que reunió una espléndida biblioteca ni de que el ombú estaba en un jardín que ahora llamaríamos botánico. Ni de que, a pocos centenares de metros de este huerto, estaba el del médico Nicolás Monardes, ni de que, al lado de esos sabios, otros en Sevilla se dedicaban a las ciencias, las letras, la filosofía, la teología, la arquitectura, la geografía, la geometría, la cerámica… y un larguísimo etcétera. Cada cual tenía ideas propias pero ninguno era -todavía- un hereje. Los Ribera (o los Téllez, de Osuna) encargaban sus monumentos funerarios a artistas que mezclaban los símbolos helenistas y los cristianos, tan semejantes entonces y tan distintos después, y en San Isidoro del Campo, comenzaba a traducirse la Biblia, cuya lectura en lengua materna pondría a cada lector ante la divinidad sin intermediarios y, en definitiva, a saber que podía pensar por sí mismo. La Sevilla de Hernando Colón fue hasta 1558, el año en el que murió el Emperador, la cabeza de un mundo abierto. Después todo cambió. Se ordenó cerrar las puertas del Humanismo, sembrar yedra penitente bajo el Altar de la Conciencia y que esa enredadera cubriera las figuras de los hijos sevillanos del Renacimiento.

Ahora aquel tiempo pasado que sí fue mejor apenas existe. Tras haber acabado con el ánimo y la grandeza del siglo XVI la ciudad se impuso a sí misma un capuz de confuso barroco amarillo donde se mezclaban la memoria y la desmemoria, la exaltación y la angustia, el fervor y el pavor. Por eso, conforme el tiempo fue pasando el árbol de la bella sombra de la huerta de don Hernando Colón fue convirtiéndose en el dragón del duermevela de un niño en el lubricán del alba emergiendo de la niebla.

Tal vez fue ese rechazo al pasado glorioso lo que condenó al árbol centenario: era el único monumento a aquellas figuras de todos los campos del saber y el hacer que pusieron a Sevilla en la cúspide de su Historia. De todos los héroes que hoy siguen sin tener un monumento.

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