La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

En Sevilla no hay playa y casi ni cajeros

Cada vez cuesta más trabajo hallar un cajero de su propia entidad y evitar el pago de comisiones

Involucionamos. No tenemos remedio. Cada vez cuesta más trabajo encontrar un cajero próximo. Su entidad financiera ha cerrado sucursales y las ha vendido o alquilado para bares sin cocina, heladerías o tiendas de yogures que (dicen) no engordan. Los bancos han soltado lastre después de las fusiones. Cuesta un mundo sacar dinero en un cajero de su propia entidad financiera para evitar el pago de las comisiones. Estamos a un paso de volver al hábito de sacar las perras en la ventanilla los sábados para tener liquidez durante el fin de semana. Las comisiones más elevadas, modelo puyazo en todo lo alto, son las que pegan esos cajeros especialmente colocados para turistas en lugares de alta frecuencia de paso de visitantes zarraspatrosos. Tengan cuidado con esos cajeros que, por cierto, no están colocados en ninguna oficina bancaria. Saca usted 20 euros para el desayuno y le cargan cuatro de comisión. Desayunan usted... y el tío del banco a su lado. ¿Y qué me dicen de encontrar un quiosco de prensa? Sevilla está ya como esas playas de Huelva donde existe un único punto de venta de periódicos que abre en horario reducido. En los destinos de costa hay que hacer cola como la hacíamos para telefonear desde la cabina pasadas las diez de la noche porque era más barato, ¿recuerdan? Sevilla está como playas, cada vez con menos kioskos, pero sin mar. Hablando de cabinas, el último sevillano al que sorprendí haciendo uso de una de ellas fue al historiador Fernando Gabardón de la Banda. Estaba para una foto de fin de ciclo. El profesor Gabardón es a las cabinas de Telefónica lo que el padre don José Polo a la sotana. Hay que ir a Roma para cruzarse con sacerdotes vestidos como Dios manda. Aquí te cruzas con el gran Chamizo y casi no lo ves porque se confunde entre los turistas que buscan la Casa de Pilatos o La Carbonería después de visitar las setas (¡Va por ti, Alfredo!). Chamizo fue, como de costumbre, un adelantado de su tiempo, representante de la Iglesia de vanguardia hasta en lo estético. Los curas de sotana escasean como los cajeros. Ahora todo se hace con teléfono. Hasta la oración. El obispo auxiliar, monseñor Gómez Sierra, es de los que suele usar la pantalla en sus momentos de plegarias en el templo. Los billetes irán desapareciendo como los cajeros y los kioskos. Dependemos más y más del teléfono. Llegará el día en que volveremos a involucionar, porque un antropólogo de guardia dirá que con el dinero de papel interactuábamos más. Y será tarde. Siempre nos quedará Chamizo. Y la playa sin cabinas.

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