La lluvia en Sevilla

La Sevilla que viene

La Sevilla que viene puede desbocarse en gentrificación y turistificación, o tomar las riendas de su destino

No me gusta Cádiz", escribe Yolanda Vallejo. Un Cádiz -apunta entre otras cosas- "reconvertido en pensión", "donde los supermercados se han vendido al turismo", "donde es casi imposible encontrar vivienda" y "donde las calles se llenan de rótulos pretenciosos como casa palacio (…) mientras se vacían de vecinos y de vecinas que no pueden permitirse el lujo de vivir en la ciudad que los vio crecer". La estampa es nítida. En mi última visita a la ciudad, con motivo de su feria del libro, comprobé que una efervescencia súbita, después del largo tiempo de quietud, ponía a sus gentes en un punto en el que no sabían si reír si llorar. "¿Tustaloca?", le responde el camarero de toda la vida a mi amiga gaditana cuando le pregunta si hay mesa para nosotras. Como ha sido imposible localizar un alojamiento a precio razonable, un amigo me acoge en su casa, y me cuenta que teme que a la finalización del contrato de alquiler le den puerta para hacer del piso un apartamento turístico más de los que hay en el edificio (que, a todo esto, es lo que da de comer a su pareja, que es limpiadora). La sensación es extraña, atravesada. Nos sitúa en el territorio incómodo entre el alivio de que la moneda corra y alcance a cuantas más talegas mejor, pero sabemos que es a un precio devorador, y que éste se da prácticamente en el terreno de los hechos consumados.

Hablo de Cádiz por ir poniendo nuestras barbas hispalenses a remojar. El bicho trajo la ruina, pero también una tregua a un proceso de desfondamiento de la ciudad similar al de muchas bellas ciudades europeas, en la que los mismos que pregonan su salero son capaces de desalarla hasta hacerla comestible a todos los paladares, de desplazar a otra o a ninguna parte la vida de sus barrios, de trasmutar sus propios y mutantes establecimientos (negocio de muchos) en otros ajenos y franquiciados (negocio de pocos) que intentan emular a los legendarios, pero en los que hasta la mugre es de pega. "No puedes oponerte al signo de los tiempos", rechistan quienes acaso creen que por decir esto estoy en contra de la prosperidad de las gentes, y no a su absoluto favor. Tanto es así que quiero que Sevilla sea mayormente dueña de sí, y no empleada de otros. Como si acaso "el signo de los tiempos" fuera algo natural como los maremotos y los meteoritos, como si acaso nos quisieran decir que no somos nosotros mismos partícipes activos de nuestro destino. La Sevilla que viene bien puede desbocarse, después del gran parón, en el proceso de gentrificación, turistificación y desangelamiento, o bien tomar muy fuerte las riendas para no perder la vida que le es propia, y sobre ella construir lo que queramos, soberanamente, ser o no ser. That is the question.

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