La ciudad y los días

carlos / colón

Sevillas soñadas, Sevillas reales

QUIERO vivir en la Sevilla de Juan Espadas, cuyas fortalezas, según ha dicho en su tournée americana, son la planificación estratégica, la red de carriles bici, las peatonalizaciones, las energías renovables y sus proyectos tecnológicos de smart city (lo que significa ciudad inteligente, ciudad eficiente y hasta ciudad súper-eficiente). Es fantástico vivir en una ciudad así. Lo malo es que las planificaciones estratégicas han sido siempre un desastre, que los carriles bici están mal trazados y ejecutados, que las más importantes peatonalizaciones han convertido muchos de los espacios ganados a los coches en desoladas extensiones despiadadamente privadas de árboles, que lo de las energías renovables va a medio gas y… Bueno, sobre lo de smart city o ciudad súper-eficiente mejor no decir nada. Que les pregunten a quienes todos los días se quedan presos de los atascos generados por el insuficiente y mal trazado de las vías que comunican la ciudad con su área metropolitana, monstruosa y caóticamente crecida sin la más mínima planificación urbanística.

Visiones de Sevilla. Luis Cernuda dijo que quedarse en ella era un error de amor. Mi padre decía que era una ciudad perfecta para echarla de menos. Y los sucesivos alcaldes que ha tenido desde los años 20 hasta hoy han repetido que será la gran capital del sur de Europa y el puente privilegiado entre Europa y América. Vivir en las Sevillas prometidas por sus autoridades -desde la exposición del 29 a la del 92, desde la del canal Sevilla-Bonanza a la capital de la California de Europa- es un privilegio que, desgraciadamente, tiene poco que ver con vivir en la Sevilla real. Espadas se apunta a esta lista de alcaldes que a lo largo de un siglo (en 2009 se cumplieron cien años de la propuesta de Luis Rodríguez Caso y estamos solo a 14 años del centenario de la celebración de la Exposición del 29) han prometido el definitivo despegue de Sevilla, la salida de la crisis en la que se sumió desde mediados del siglo XVII y la recuperación, en versión moderna, de aquel perdido esplendor. Lo triste es que nunca se han cumplido sus promesas.

El 29 y el 92 fueron importantes saltos adelante, sin duda. Pero tras ellos vinieron los batacazos. El problema de saltar hacia adelante es que debe existir tierra firme que permita tomar impulso y sobre la que caer. Nunca la hubo aquí y por eso los saltos acabaron en batacazos.

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