por montera

Mariló Montero

Shadia desvelada

ESTA semana, con motivo del 8 de marzo, fecha que se consagró a la mujer, me han llegado muchas historias protagonizadas por mujeres. Una de esas historias me ha hecho reflexionar, y quiero compartir con usted qué ha ido gestándose en mi ánimo. Déjeme contagiarle mi duda, no mi certeza.

A través de un vídeo que me envía Intervida, conozco a Shadia Afrin, que vive en las afueras de Daca, en Bangladesh. Es una joven en cuya hermosura danzan los todos sones del oriente; en su piel oscura, aceitunada, resplandecen unos ojos negros que entran en competencia con la media sonrisa que se permite. Pero esta sonrisa es triste, agridulce, digamos que cauta, la propia de personas que lo han pasado mal y no se atreven a abandonarse a una risa completa.

Shadia no se atreve a sonreír porque su padre ha querido casarla con alguien a quien ni siquiera conocía. Ella desea estudiar. Y en el vídeo se la ve recorriendo lugares que a nosotros nos sugieren más un bazar que una calle, y entrando en su cuarto, de telas y cortinas, donde estudia pasando con sus manos lejanas papeles, cuadernos, libros. Su profesor se alió con ella e intercedió para que el padre no la vendiera en matrimonio.

Desde luego, la idea de que un padre mercadee con su hija me causa un rechazo pleno e inmediato. Pero sigo escuchando las explicaciones del vídeo de Intervida, donde aseguran que, en Bangladesh, sólo una de cada tres niñas cumple la mayoría de edad sin que la hayan casado. ¿Por qué? Por la dote. La única salida económica de muchas familias es conseguir que alguien se lleve a la hija a cambio de dinero: no sólo obtienen lo que cobran, sino que además se quitan una boca que alimentar.

Shadia ha conseguido evitar, por ahora, que la vendan en matrimonio. Sigue aplicada, soñando con llegar a la universidad. Pero, fíjese, qué contradictorio, le he dicho que Shadia sueña cuando, precisamente, la idea que se ha ido formando en mi cabeza a lo largo de estos días es que esta joven ha despertado. Ha abierto los ojos. Y se ha dado cuenta de que no quiere casarse, no quiere ser vendida, anhela una vida propia. ¿Será eso posible? Creo que no. Porque su entorno, su familia, la sociedad en la que vive, sigue durmiendo. Shadia se me antoja una joven que se ha "desvelado" en mitad de una larga noche. De qué poco le servirá ese desvelo, esa lucidez que ha alcanzado, si los demás siguen durmiendo, enhebrando malos sueños de pobreza y mercaderías con las hijas. ¿Acaso servirá de algo su esfuerzo? ¿No le causará más dolor vivir a contracorriente? ¿O su ejemplo puede servir para que otros despierten y abran los ojos? No lo sé. Pero le advertí: no traía certezas, sino una duda. Y quería compartirla con usted.

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