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Siempre han sido las montañas

CUANDO Mackinder reflejaba el peso de la geografía en la historia no imaginaba que algunas hienas del pensamiento se encargarían de desvirtuar el relato para adaptarlo a la horma de un poder emergente. Algo más viejo que él, Friedrich Ratzel también contribuyó a posteriores confusiones con la semilla del Lebensraum o espacio vital que después utilizarían los nazis tras el aliño feroz del sueco Rudolf Kjellén (acuñador del término geopolítica, o impacto de lo político y lo militar sobre un territorio) y el apadrinamiento definitivo de Karl Haushofer, apreciado por Hitler al principio y condenado a los campos de concentración tras participar un familiar en la frustrada Operación Valquiria.

A todos, en cualquier caso, les unía la convicción de que el terreno moldea de alguna forma el destino de las naciones. Alemania siempre miró a occidente y oriente porque al norte está el mar del mismo nombre y al sur los Alpes, los montes de Bohemia, los Sudetes y, al este, los Cárpatos. EEUU basa su condición de potencia imperante en la protección que le brindan Atlántico y Pacífico. Gran Bretaña dominó en parte por su naturaleza insular, igual que ocurrió muchos siglos antes con Creta. Sadam Husein nunca sometió al Kurdistán por culpa sus montañas; una orografía poco accidentada es lo que permitió regímenes más estables (ahora y antes) en Egipto o Túnez. Etcétera.

La visión de Mackinder se revela utilérrima para destripar la maldición de España, separada de Francia por los Pirineos y del resto de Europa -Portugal aparte- por un océano y un mar, y separada de sí misma por múltiples accidentes geográficos: la Cornisa Cantábrica, el Sistema Central y los Picos de Urbión encajonan a la Castilla leonesa, por ejemplo, igual que la Bética abre una brecha con Almería, Granada y Málaga y forma con Sierra Morena una cuña en la que floreció el Valle del Guadalquivir.

España es un laberinto sin salida donde ningún Teseo vencerá al Minotauro. Asfixiada de sí misma, su destino no es la muerte sino el purgatorio, un calabozo húmedo y pestilente donde se escribirán algunos episodios nacionales más aunque no corran a cargo de Pérez Galdós. Así se explican los eternos conflictos periféricos (Cataluña y País Vasco), la conocida debilidad de la sociedad civil, la tendencia política al caciquismo y el virreinato, y el retraso endémico en la absorción de las tendencias más tonificantes de la humanidad (ilustración, revolución industrial).

Vivimos en lo que Robert Kaplan denomina la era del hombre dominador del tiempo y la distancia (otros lo llamarán globalización). España está más cerca de cualquier actor mundial, de cualquier intercambio o sinergia y sin embargo el mayor apego lo profesa al propio ombligo. Sus miserias -sus pecados en serie y de serie- son un inmenso despilfarro de energía justo cuando más se afila el combate de una excelencia que nunca ha practicado con convicción. Al menos ya existe un consuelo. No es culpa nuestra. Siempre han sido las montañas.

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