La tribuna

juan José Asenjo Pelegrina

Siervos y servidores

HOY es Jueves Santo. En la liturgia de esta tarde actualizaremos la Última Cena del Señor con sus Apóstoles, en la que instituyó el sacramento de su cuerpo y de su sangre. En ella Jesús anticipó su entrega quedándose en la Eucaristía, el sacramento admirable que a lo largo de veinte siglos la Iglesia no ha cesado de celebrar por todo el orbe de la tierra. La Eucaristía es sacrificio, alimento del pueblo de Dios peregrinante y presencia real y verdadera del Señor.

En ella nos encontramos con Jesús, vivo, glorioso y resucitado. En ella está presente con su cuerpo, sangre, alma y divinidad, cumpliendo su promesa de quedarse "con nosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,20). En ella se nos hace cercano, amigo y compañero de camino.

Con la Eucaristía nos deja el mandamiento nuevo del amor y del servicio abnegado y desinteresado a nuestros hermanos, amando con el mismo amor con que Él nos ama: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado. En esto conocerán que sois mis discípulos" (Jn 13,34-35).

En esta tarde recordamos el lavatorio de los pies, que llena de estupor a los Apóstoles, un hecho socialmente incomprensible, nuevo, enteramente divino. Jesús lava los pies a los Doce. Mientras cenaban, se levantó de la mesa, se despojó de su manto, tomó una toalla y una jofaina y doce veces se arrodilló, doce veces se levantó, doce veces lavó los pies y los secó. Después volvió a la mesa y comenzó una larga conversación que empieza con estas palabras: "¿Entendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Si yo, pues, siendo el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que vosotros hagáis como yo he hecho" (Jn 13,12-15).

Jesús no vino a ser servido sino a servir y a entregar su vida en rescate por todos (Mt 20,28). Así lo confiesa después de oír la estrafalaria pretensión de la madre de los Zebedeos. A imitación del Señor, la Iglesia y cada uno de sus miembros debemos ser también samaritanos de nuestros hermanos. En el proemio de la constitución Gaudium et Spes se declara que "los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son los gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo".

Amar es el ser de Dios, porque Dios es amor; y amar, como nos ha dicho el papa Francisco, debe ser la tarea empeñada de la Iglesia, su ocupación permanente y siempre urgente. Ella vive para amar y servir. Amar debe ser el empeño constante de cada cristiano contemplando en el pobre y en el que sufre el rostro doliente de Cristo.

Invito a mis lectores a releer en esta tarde la parábola del Buen Samaritano (Lc 10,25ss). En ella se narra la desgracia de aquel hombre que cae en manos de unos bandidos, que lo desnudan, lo muelen a palos y lo dejan medio muerto. Un samaritano bueno lo ve, se apea de su cabalgadura, se acerca, se compadece, lo cura, lo venda y lo lleva a la posada. Alguien ha escrito que toda la civilización cristiana ha nacido de esta parábola. Es evidente que para san Lucas, el Buen Samaritano es Jesús. También lo es para los Padres de la Iglesia y para la liturgia, que le llaman también siervo y servidor. Jesús es el hombre que no vive para sí, sino para los demás.

San Lucas, que era médico, destaca en su evangelio la mirada amplia y penetrante de Jesús. Los primeros cristianos lo llamaban "el de los ojos grandes". Así se lee en el epitafio de Abercio, obispo de Hierápolis, de finales del siglo II, descubierto por arqueólogos alemanes en 1890. Así lo pintan los anónimos pintores del románico aragonés, catalán o castellano. Los cristianos debemos ser también los hombres y mujeres con los ojos grandes. Es impresionante cómo la mirada de Jesús se detiene en el hombre enfermo, en el leproso, el ciego, el que tiene la mano seca, el hombre maltratado con algún tipo de minusvalía, los poseídos por espíritus inmundos o los pecadores.

En este día de Jueves Santo os invito, queridos lectores, a ser como Jesús, buenos samaritanos, siervos y servidores de nuestros hermanos acercándonos a su dolor y a su debilidad para curar sus heridas físicas o morales. Así cumpliremos la consigna que da san Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales: "en todo amar y servir".

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