Se persigna en el puente. Miro por la ventanilla la capillita del Carmen, que va quedando atrás. Observo el interior del taxi. El salpicadero está cuajado de estampas de cristos con espinas y vírgenes de corazón atravesado por siete puñales. Del espejo penden y se enredan, como si estuvieran vivas, muchas colgaduras que soy incapaz de identificar. Suena en la Cope la voz de pana del Herrera. De pronto, me sobresalta un sonido momentáneo e incómodo, de flato, siento un aliento en la nuca, seguido de hedor insoportable. Es uno de esos ambientadores que expelen a cada rato un mangazo de fragancia, que está colocado en la bandeja de atrás. Miro la hora. "Menos mal que ha aparecido -le confieso al taxista- no llego a tiempo al comienzo de un acto". Se toma mi comentario como una misión propia, activa el protocolo para usuarias con prisa. Pasa del GPS y rediseña él mismo la carrera. "Iremos por Campana", me informa. "No me sorprende", digo para mis adentros. Resignado, el Ambipur suelta otra exhalación. La voz del GPS rechista: no vamos por la ruta correcta. "Se conoce que la muchacha del Google Maps no es de aquí", bromea. Ataja, gira, serpentea, sin dejar de santiguarse. Llegamos en punto al destino. Suspiramos aliviados, el taxista, servidora y el ambientador. Mientras me hace el recibo, se me hace raro -o tempora, o mores- que no me salte en el móvil el aviso de evaluar el servicio. De pronto se me vienen a la memoria escenas de pelis en las que dicen "Rápido, siga a ese otro taxi". Y me asaltan imágenes de la estupenda Night on Earth: narra cinco historias en cinco taxis y cinco noches en Los Ángeles, Nueva York, París, Roma y Helsinki, a la que sólo le falta -pienso mientras recojo la vuelta- la guinda de Sevilla.

Los taxis son un extracto de las ciudades, una condensación intensa de lo mejor y peor del temperamento y el carácter de un lugar. Cuando abres la puerta de uno de ellos, no sabes con qué mundo vas a compartir un reducido espacio y tiempo -esa diversidad se torna en lotería-; pero, eso sí, aporta datos fundamentales sobre el lugar en que estamos. Tomar un taxi se parece a entrar en una casa de la ciudad; coger un VTC es como entrar en un hotel, no sé si me explico. Los reguladores debieran apañárselas para favorecer la competencia e incluso la colaboración entre taxis y VTC, y para no ceder a presiones que redundan en detrimento de la movilidad sevillana. Creo que hay sitio para todos. Los taxistas ganarían mucho normalizando ciertos estándares del servicio, dando más garantías a los usuarios, quitándole el poder a los collegia famosos por sus actitudes pistoleras. Hay ciudades donde ni loca paro un taxi por la calle, otras donde voy más tranquila o concentrada en mis asuntos en VTC, y otras donde tomar un taxi es algo que no me quiero perder. ¿Cuál de estas ciudades quiere ser Sevilla?

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