La tribuna

Juan A. Estrada

Sínodo para cambiar la praxis de la Iglesia

NO cabe duda de que el papa Francisco ha cambiado la imagen del Papado. Tanto en la forma como en el contenido comunica un mensaje muy distante del que estábamos acostumbrados. La función pública no se ha impuesto a la persona, sino que, al contrario, es esta la que transforma la imagen y el ministerio. Es un Papa popular que dice y hace cosas que eran impensables, tanto para los católicos como para los que no lo son. Su personalidad y declaraciones despiertan expectativas, porque están cargadas de sentido común, conectan con las preocupaciones de la gente, y traslucen una vivencia evangélica que no comunican frecuentemente las personas de la jerarquía católica.

Pero el problema del Papado no es sólo la persona sino el cargo. Durante siglos la institución ha cambiado y finalmente se ha configurado en torno a la monarquía, la acumulación de poderes y las exigencias de sometimiento pleno a las decisiones papales. El inmenso poder del que goza el Papa, se ha basado, a su vez, en una administración centralizada con competencias universales, la curia romana. Esta concepción del primado no sólo está obsoleta, sino que no corresponde a la sensibilidad y necesidades actuales de la Iglesia. La institución papal necesita reformarse, es hoy un problema para toda la Iglesia católica y constituye un gran obstáculo para la unidad ecuménica de las iglesias cristianas. Desde el Vaticano II hay una corriente de reforma que acentúa la colegialidad de los obispos, la importancia de las conferencias episcopales, la necesidad de sínodos permanentes y la validez de los concilios regionales y universales.

Este Papa quiere reformar la teoría y la praxis de la Iglesia y ha convocado un sínodo del 4-25 de octubre, centrado en la familia y sus problemas. A diferencia de los anteriores, se caracteriza por el pluralismo y por la insistencia papal de que todos se expresen de forma pública y libre. Hay que escuchar las distintas opiniones y teologías que hay en la Iglesia, facilitar la participación activa de todos, y consultar a todas las iglesias. El sínodo reflejará la complejidad y pluralidad del catolicismo actual, en contra del modelo uniforme y parcial que proponía la teología oficial. La celebración misma del sínodo es un ejercicio de democracia, porque participan todas las sensibilidades eclesiales y está abierto al debate, a que aparezcan las diferencias y conflictos teológicos. Contribuye también a la descentralización y a que se escuche a los laicos, promoviendo la desclericalización de la Iglesia.

Pero lo más importante es debatir los problemas que plantean los nuevos modelos de familia, dando especial relieve al de muchos católicos divorciados y con un nuevo matrimonio, en el que conviven hijos de distintos padres. Esta problemática divide hoy a la Iglesia y a la jerarquía. Unos abogan por que la fidelidad a la indisolubilidad del matrimonio se traduzca en negar los sacramentos a los vueltos a casar. Otros, por atenderlos, facilitándoles la integración en la Iglesia, para que puedan vivir su fe y encontrar ayuda en su nuevo proyecto, aunque no puedan celebrar de nuevo el sacramento del matrimonio. Son dos corrientes teológicas enfrentadas también en otras cuestiones, como las posturas a tomar ante los matrimonios de homosexuales, la obligatoriedad del celibato o el papel de la mujer en la Iglesia.

El Papa insiste en que la ley no se opone a la misericordia. Hacer de los ideales cristianos leyes impositivas, supone sobrecargar a las personas y alejarse de la praxis evangélica. Jesús tropezó con las personas más religiosas del judaísmo y encontró más comprensión en los que estaban alejados de la religión. Hoy puede ocurrir algo parecido, la intransigencia de los más religiosos conservadores frente a la apertura y mayor flexibilidad de los que no lo son. Y es que la religión puede endurecer a las personas o humanizarlas y hacerlas propensas a la misericordia con los que más lo necesitan. Hay que conservar los ideales del cristianismo, pero sin olvidar la contingencia y limitación de las personas, y la necesidad de responder a las situaciones humanas desde la fraternidad y el perdón. El problema sigue siendo el mismo de Jesús, si las leyes están al servicio de la vida humana o la vida de las personas al servicio de la ley. La decisión que se tome, será decisiva para juzgar este pontificado y para el futuro de la Iglesia católica.

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